La práctica restaurativa

El panorama en la escuela ha cambiado. Y lo ha hecho en todos los sentidos: desde el aprendizaje de los contenidos pasando por los comportamientos de nuestros alumnos en el aula y llegando a la manera en la que evaluamos, y por consiguiente, en los resultados académicos.

Ésta es una afirmación en la que todos podemos estar de acuerdo. Es innegable que ahora no ensañamos de la misma manera que nos enseñaron a nosotros y mucho menos es la manera con la que enseñaron las mismas cosas a nuestros padres. Los tres tomos de la enciclopedia “Álvarez” pasaron a formar parte de las reliquias de muchas estanterías de casa de nuestros octogenarios familiares.

La innovación en el aula es un proceso en constante evolución. Es por ello que somos los docentes quienes tenemos que introducir en nuestras programaciones de trabajo esas nuevas metodologías para conseguir captar la atención de nuestros alumnos. Cada día tenemos que ser capaces de contarles a nuestros alumnos una película que les guste. El objetivo es que se queden ensimismados con lo que el docente les está explicando. Pero no siempre es así. En la mayoría de ocasiones, los alumnos no se comportan como uno esperaría que lo hiciesen.

Es aquí donde se ponen de manifiesto los diferentes perfiles del docente. El autoritario, el asertivo, el pasota, etcétera. Y los niños que son esponjas, se dan cuenta a la primera de qué pie cojea el profesor de turno. En mi caso he de confesar que todavía pensaba que el perfil de profesor autoritario imponía respeto. Nada más lejos de la realidad. Me han bastado un par de meses para darme cuenta que ese modelo, en el mayor número de veces, no funciona. Y, el de las prácticas restaurativas en el aula, no se vayan a creer que tampoco funcionan siempre; pero sí dejan entrever otra manera de gestionar el clima del aula.

Cuando a un niño sin raciocinio le dices que no meta los dedos en el enchufe, más los mete. Cuando a un alumno le impones y le gritas, menos caso te hace. Viene a funcionar como una regla matemática en la que en pocas veces, la excepción cumple la regla.

En la sociedad viene a ocurrir algo similar. De ahí que se crease el concepto de justicia restaurativa allá por los años sesenta. Esa otra forma de arreglar y solventar un conflicto sin necesidad de acudir a la vía punitiva. Y ahora, ese concepto se ha llevado a la gestión de las aulas y cuyos resultados no son malos.

No hace falta emitir juicios de valor sobre nuestros alumnos sobre el aspecto que nos ocupe. Basta con hacer una observación conjunta de la situación, expresar los sentimientos que nos ha provocado ese hecho concreto, reflexionar sobre la necesidad que tenemos y expresar una petición para evitar que eso vuelva a ocurrir.

Evidentemente, en algunas ocasiones se tendrá que acudir a los recursos que nos ofrece la normativa sobre convivencia, pero siempre después de haber agotado esta vía. Nuestros alumnos están acostumbrados a recibir inputs que no contribuyen en nada a favorecer estas dinámicas. Y esa tendencia es la que hay que cambiar. En definitiva, inculcar en nuestros alumnos que hay otra manera de decir las cosas y que entre ambos, profesores y alumnos, es posible tejer el contenido de palabras como diálogo, empatía, colaboración, cooperación, y educación.

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