La Política Danone

Tranquilos, no les voy a hablar del márketing de los productos lácteos. Sin embargo, recuerdo que en clase de Economía, cuando el profesor disertaba sobre el concepto 'productos fungibles' -aquellos que se consumen y desaparecen- siempre terminaba hablando del danone. Sí jefe, ya sé que en un medio de comunicación, sin publicidad de por medio, no hay que hablar de marcas, pero es que en España, para muchas generaciones predigitales, danone era sinónimo de yogur, pues, salvo los que te hacías con aquel artefacto denominado yogurtera -que siempre acababa desterrado en el fondo de algún armario de la cocina-, no existía otro fabricante, y mucho menos las marcas blancas que hoy azotan las cuentas de resultados de los productos genuinos.

Bueno, pues ya ven que al final he terminado hablando de márkenting, me pasa como a Pedro Sánchez, que una cosa es la que prevé él y otra la que le tiene reservada el destino.

También hubo una época -hace casi treinta años, que lo acabo de mirar en la wiki- en que hablábamos de los 'cuerpos danone', término nacido a raíz de una exitosa campaña televisiva de la misma marca, en cuyos spots aparecían unos modelos muy macizos. El concepto llegó a calar en el lenguaje coloquial para, dicho un poco a lo bruto, definir a quienes tienen el mal gusto de preferir el culto a su imagen reflejada en el espejo -que se encuentran estupendos, vaya- antes que un buen plato de callos con garbanzos o de frit de mè, como es el caso de su seguro servidor. (obviamente, de lo segundo, no de lo primero).

Pero, en fin, de lo que yo verdaderamente quería hablarles hoy es de la política fungible o 'política danone' que nos invade, y no solo en suelo patrio.

Todo es tan absolutamente efímero que no hay manera de serenarse y tomar partido con calma, porque en pocas semanas Trump pasa de llamar rocket-man u hombre-cohete al gordito de Corea del Norte, ridiculizándolo y amenazándole con un devastador ataque que iba a borrar su estrambótico país del orbe, a considerar que el susodicho es un tipo estupendo y un lince de la política, cuyos únicos 'defectos' son el amar mucho a su nación y tener la báscula estropeada. Si hace unos meses nos explican la foto de Singapur, hubiéramos pensado que era solo un divertido meme. Ya no les cuento si alguien nos hubiera pronosticado antes de 2016 que el payaso de Trump iba a ser presidente de los EEUU gracias a los servicios secretos de Rusia y que iba a firmar un tratado con la monarquía comunista de los Kim. Ni jartos de hierbas dulces.

En Italia, los podemitas transalpinos del Movimiento 5 estrellas se alían con los fascistas xenófobos de la Liga Norte y conforman un gobierno basura con el que torturar al sufrido pueblo italiano, que se ha acostumbrado desde hace décadas a funcionar al margen de sus corruptos y descerebrados dirigentes.

Aunque, bien pensado, esta alianza entre extremistas no es tan extraña en la historia, si atendemos a que ya en 1938 los nazis y los comunistas soviéticos firmaron un pacto incomprensible para cualquier demócrata subido al guindo.

Si en España la extrema derecha fuera algo más que una colección de frikis extraparlamentarios, no descarten que la solución italiana llegase al poder. Y si eso ocurre, más vale que nos coja confesados.

La aceleración que experimenta la realidad nos pilla a todos descolocados, con el riesgo permanente de hacernos tropezar. A quienes practicamos el pasatiempo de desnudar nuestra mente ante ustedes, semanas como las dos últimas nos obligan a improvisar posición continuamente y, la verdad, ya no sé si el gobierno me gusta o no, ni si era necesario censurar a Rajoy, si el procés fue un farol o una amenaza a la unidad nacional, quién es el ministro de Cultura, ni qué político arropará a los chicos de Lopetegui esta noche. Ah, no, diantre, que ahora que pienso a este también lo han multiplicado por cero (ut esset Bart Simpson).

Resulta, además, que hay otro ministro del gobierno imputado, y eso que no llevan ni una semana. El PP dispersó ayer la idea de una contramoción de censura, como si la gestión de un nuevo ejecutivo fuera evaluable a las 168 horas en lugar de a los cien días de toda la vida.

A todo esto, ni el propio Pedro Sánchez tiene la más remota idea de cómo va a gobernar con solo 84 de 350 diputados.

Por Dios, que alguien fumigue el planeta con valium, o acabaremos todos en el frenopático.

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