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La piñata de Palma

Cada año más españoles viajan durante el puente de la Inmaculada a destinos nacionales y extranjeros. Comienza a ser tradición dejar los últimos días de vacaciones en el trabajo para disfrutarlos en una escapada a comienzos de diciembre. Está de moda visitar ciudades de Europa famosas por sus mercados navideños. Pasear en estas fechas por Viena,, Munich, Berlin, Estocolmo, Praga, Budapest, Zagreb, Berna o París es un auténtico espectáculo, por su animación y la artística decoración de sus espacios públicos.

Pero no hablamos sólo de grandes urbes. Cualquier pequeño pueblo de Alsacia, o poblaciones de tamaño medio como Basilea, Salzburgo, Trento, Bolzano o Montreaux son un prodigio de buen gusto cuando montan las casetas para vender artesanía, productos gastronómicos o artículos de decoración navideña.

Siempre reclamo la importancia de copiar. Me refiero a copiar bien, a replicar lo bello, a aprender de los que hacen las cosas mejor que nosotros. Parece que hay alcaldes en España que están por la labor. Algunos no necesitan copiar; basta con que no estropeen lo que se viene haciendo desde hace siglos. Es el caso de la Fira de Santa Llúcia, una maravilla que se celebra cada Navidad, desde 1786, en pleno Barrio Gótico de Barcelona. Pero Madrid, Valencia, Bilbao, Sevilla, Zaragoza o Málaga no cuentan con esa tradición secular, y organizan espacios bastante armoniosos para disfrute de sus vecinos y visitantes.

Volverán a pensar que el tamaño importa, porque acabo de citar siete de las diez ciudades más grandes de nuestro país. Pero no se engañen. También son una virguería los mercados navideños de Alcalá de Henares, Santander, Oviedo, Granada o Santiago de Compostela, ciudades medianas que se esmeran en que el bullicio de estas fechas se produzca en un entorno cuidado y estético. Pues bien, en este asunto Palma se mantiene instalada en la cutrez más absoluta.

El actual equipo de gobierno apuesta, entre otras cosas, por erradicar de la ciudad el turismo chancletero. Además, pretende convertir la capital de Baleares en el epicentro mediterráneo del arte contemporáneo. Sin embargo, mantiene tradiciones de sus predecesores tan vulgares como la de montar en la Rambla unas horrendas casetas de chapa metálica. Supongo que el motivo es evitar que otras algo más refinadas desentonen con los cochambrosos puestos de flores que se explotan de manera permanente bajo concesión municipal, y que no van a ser cambiados hasta que se apruebe la reforma integral de las galerías de la Plaza Mayor -que incluye la expropiación de locales comerciales-, las escaleras, los accesos a varias calles y plazas… o sea, un proyecto más largo que el de la reconstrucción de Notre Dame.

Pero no sólo se mantiene la vulgaridad, también la obsesión sancionadora. Tras acusar en la pasada legislatura al equipo de gobierno socialista de una voracidad recaudatoria sin límites, esta semana la Policía Local de Palma se ha puesto las botas multando a diestro y siniestro todas las motos estacionadas en los márgenes de la Rambla. Una de las floristas advirtió a los agentes que las motos llevan años aparcando allí, que no obstaculizan el paso a ningún peatón, que la mayoría pertenecen a vecinos y trabajadores de la zona, y que algunos de los carteles de prohibición colocados días atrás por la policía estaban rotos o eran ilegibles. Entonces llegó lo mejor: el policía más joven, el Clint Eastwood de la pareja, el del bolígrafo más rápido a la hora de rellenar los boletines de denuncia, replicó a la florista que era una pena que con lo bonita que estaba la Rambla, las motos quedaban feas. Yo a este chico le pagaba de mi bolsillo un fin de semana en cualquiera de las ciudades que he mencionado más arriba.

De momento, la Palma del popular Jaime Martínez se parece mucho a la del socialista José Hila. Resultaba difícil no mejorar el legado del peor alcalde que ha sufrido Palma en el último medio siglo, pero no me parece que los ciudadanos estén percibiendo demasiados cambios. En defensa del actual primer edil se podrá decir que sólo lleva dieciocho meses en el cargo, pero uno comienza a detectar un riesgo cierto, el de “morir de análisis”. Esta manera de suicidarse electoralmente venía siendo una especialidad de la izquierda con sus estudios, observatorios, mesas, fundaciones, paneles, foros, planes estratégicos, concursos de ideas, simposios, congresos, jornadas de debate, procesos de escucha activa, etc. Que están muy bien, no digo yo que no, pero no pueden servir de excusa para eludir actuaciones más sencillas, como adecentar el mobiliario urbano sin tener que esperar un megaproyecto con el que presumir por el mundo.

Yo barrunto la “estrategia de la piñata” que está desarrollando el alcalde Martínez. Va llenando la vasija de un montón de ideas bonitas y proyectos maravillosos para que los vecinos revienten la jarra a palos en 2027, el año electoral, y surja de repente una nueva ciudad más limpia, más segura, más culta, más solidaria, más moderna, y menos roñosa, chabacana y antipática con los contribuyentes. El problema de las piñatas es que a veces cuesta acertar el golpe, y cuando atinas con el bastonazo ya es tarde, la gente está harta del juego y pasa de las chuches.

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