La nueva educación

A priori, una década puede no parecer un periodo de tiempo muy extenso; pero en educación podría considerarse como una eternidad. Los niños evolucionan, las necesidades no son las mismas y la realidad de la sociedad impera en un sistema anclado en el pasado.

A mi vuelta a las aulas me he dado cuenta. He sido espectador protagonista de esta evolución. El primer día de clase percibí algunos hechos que no estaban en mi mente. Me bastaron un par de semanas para asegurarme que nada era lo que parecía. Pero yo seguí pensando en que mi metodología era la más adecuada. Al llegar a la primera evaluación, los resultados lo dijeron todo. Me quedé por debajo de la mitad de la media de alumnos aprobados en mi asignatura en nuestra comunidad autónoma. STOP.

Analicé y me di cuenta que algo tenía que cambiar. Mi metodología no era la metodología que pedían mis alumnos. La cambié. Escuché lo que ellos pedían a gritos. La obsesión por seguir los modelos con los que nosotros hemos crecido como personas hizo del fracaso una realidad.

¿Es el sistema educativo el que fracasa? No. Son nuestros alumnos los que fracasan. El sistema no es el mejor, pero nuestros alumnos son los mejores. Por consiguiente, el fracaso no debería tener cabida en el sistema.
Mucha gente me ha preguntado estos meses entre extrañeza y sorpresa por qué decidí volver en septiembre a las aulas. Hoy, pienso que no lo cambiaría por nada. Los alumnos llegan a nuestras aulas por diversos motivos. Algunos empujados por el ansia de formarse; otros, empujados por sus padres; otros, por inercia y otros, por no estar en la calle. Por ello, el docente tiene que ser capaz de hacerle ver a sus pupilos que lo que van a aprender les va a servir para el resto de sus vidas.

Hablarles de la teoría de la gravedad, de las integrales en matemáticas, del complemento directo o de los músculos de la pierna les parecerá lo más absurdo y aburrido del mundo; y si a eso le añadimos el procedimiento diario durante doce años: entrar en clase, sentarse, pizarra, copiar en el cuaderno y transcribir en el examen, conduce a que los niños piensen que son zombies en una cárcel.

Hoy, en pleno siglo veintiuno, nuestros alumnos tienen acceso a toda la información del mundo presente y del mundo que tuvo lugar en el pasado; incluso tenemos acceso a lo que pensamos que sucederá en un futuro.
Por tanto, el conocimiento sí es importante. Evidentemente, pero ¿no sería mejor que les enseñásemos a cómo buscar ese conocimiento? El sistema tiene que promover que el docente sea capaz de fomentar en sus alumnos las ganas de que se sientan útiles para la sociedad.

El sistema tendría que provocar que el docente sea el instrumento con el que el alumno llegase a amar el arte y entender por qué Da Vinci, Goya o Rubens pintaron los mejores cuadros más importantes de la historia. O por qué Chopin compuso esas partituras. O por qué El Quijote es la obra maestra de la Literatura Española.

Mientras que nuestros alumnos no sean los protagonistas del proceso, no hallen el verdadero sentido de las cosas y no entiendan por qué hoy nadie se muere de una gripe común y no comprendan que los edificios más bellos del mundo, y que los mejores libros nacieron en la escuela, no conseguiremos nuestros objetivo.

Así pues, lo que determina el futuro de un país no son las personas sino donde ponen el corazón esas personas. La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo, ya lo dijo Mandela. El profesor tiene ese arma en su mano. Sólo tenemos que provocar que nuestros alumnos despierten.

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