Los contagios de Covid-19 no dejan de crecer en la que ya es una nueva ola que amenaza con traernos nuevas restricciones de movilidad y de reuniones sociales. Y todo a las puertas del puente de la Constitución y la Inmaculada, que deja paso a las fiestas de Navidad. La situación de la pandemia en la mayoría de países europeos hacía presagiar esto. Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, afirmó ayer que ha llegado el momento de abrir el debate de la vacunación obligatoria. “Pensar en una potencial vacunación obligatoria en la UE es un debate necesario”, ha afirmado la mandataria comunitaria que sucumbe así a las presiones de Alemania y de otros países que no logran aumentar el porcentaje de población vacunada por más que lo intentan.
Yo, que conozco gente que no se quiere vacunar e ignoro el proceso mental por el cual han llegado a tan irracional determinación, también pienso que algo hay que hacer. Mucho más en países que a este respecto, están mucho peor que nosotros.
Los que no se quieran vacunar, pese a saber que el riesgo que asumen se multiplica exponencialmente, deben ser consecuentes y asumir las restricciones que en Balears ya pesan sobre ellos (ocio nocturno) y las que pronto pesarán (restaurantes y gimnasios). Si todos siguiéramos su ejemplo, todavía morirían 900 personas cada día en España. De modo que si no se quieren vacunar, que eviten –o que se les impida legalmente– ir a lugares públicos donde hay otras personas.
Si quieren ir al cine, volar, tomar el bus o entrenar en el gym, ahí están los centros de vacunación, que son gratuitos. Si no les da la gana y prefieren seguir con su terquedad y seguir llenando las UCI, pues allá ellos, pero que se queden en su casa. Háganse a la idea porque Europa irá por ahí.