El pasado 5 de agosto se cumplieron 56 años del fallecimiento de Marilyn Monroe, hallada muerta por su ama de llaves en su apartamento de Los Ángeles debido a una sobredosis de barbitúricos, accidental, voluntaria o negligente, jamás lo sabremos con certeza. Pese a no haber sido contemporáneo suyo -salvo que contemos mi período fetal-, Marilyn estuvo siempre presente en mi imaginario cinematográfico y continuó siendo, durante todo el siglo XX, el gran símbolo femenino del Star System hollywoodiense.
Si viviera hoy, aquella atormentada mujer, tristemente desgraciada en tantos aspectos de su vida personal, sería una ancianita de 92 años, probablemente coqueta y conservando las esencias de su arrebatador atractivo, como le sucede a la imperecedera Olivia De Havilland, que recientemente cumplió 102 primaveras.
Marilyn no es un personaje fácil y eso siempre me fascinó. Detrás de su aspecto de rubia superficial -una de las simplificaciones más extendidas sobre su figura- aparecía una brillante actriz, una lectora con una singular sensibilidad para la literatura, y una cantante nada vulgar.
Su indudable belleza era cualquier cosa menos canónica. Gene Tierney, Ava Gardner o Grace Kelly, sin duda, eran mujeres mucho más bellas que Marilyn y, sin embargo, no lograron alcanzar la mitificación de que fue objeto la venerada Norma Jane.
Pero, sobre cualquier otra cosa, Marilyn Monroe personificaba aquello de I’m every woman que cantaba muchos años después otra artista trágicamente desaparecida, Whitney Houston.
Como adicto a las imágenes de las actrices cinematográficas del siglo XX, habré examinado varios (muchos) miles de fotografías de Mariliyn, personales, periodísticas y promocionales, algunas de ellas tomadas por los más grandes retratistas de mujeres de mediados del siglo pasado, tales como su verdadero descubridor, el gran André de Dienes, Tom Kelly -autor de sus míticos desnudos para Playboy-, Milton Greene, Cecil Beaton, Richard Avedon, Eve Arnold o Bert Stern, y tantos otros.
Lo maravilloso de Marilyn era su genuina capacidad para reinventarse, para resurgir de sus propias cenizas, de su complicada historia familiar, de sus fracasados matrimonios, de su postración anímica, de su maternidad frustrada, de su tendencia a la obesidad, del hecho de ser consciente de que, para el gran público, era solo un símbolo sexual, una ‘rubia tonta’, en el cruel estereotipo de la época.
Les invito a que comparen, por ejemplo, las primeras fotografías de una Marilyn casi adolescente, que tomó De Dienes en las playas californianas en 1945, con las conocidas imágenes que captó con su Hasselblad Bert Stern, pocas semanas antes del fallecimiento de la actriz, en la suite del hotel Bel Air de Los Ángeles, aquel lejano verano del 62. Más allá de los 17 años transcurridos entre unas y otras, el sujeto parece otra persona radicalmente distinta, y probablemente lo fuera. Fíjense en su lánguida mirada en los retratos de Stern. A mí siempre me pareció que los ojos de Marilyn están pidiendo ayuda a gritos y, sin embargo, por desgracia, nadie lo entendió así.
Hoy, mi querido lector agosteño, me ha dado por hablarle de Marilyn porque la efeméride me ha evocado que todos nosotros tendemos a simplificar la realidad, a encasillarla, a clasificar a nuestros semejantes conforme a esquemas prefijados que nos otorgan seguridad y nos facilitan relacionarnos con el prójimo. Y, sin embargo, cada uno de nosotros, de todos ustedes, es un ser único e irrepetible, que merece, como ella, que no nos quedemos en la cáscara, aunque ésta sea tan hermosa como la de la inmortal Marilyn Monroe, detrás de la cual nunca dejó de existir Norma Jeane.