La importancia de la desmemoria

El otro día comí en una sidrería de Astigarraga, a las afueras de San Sebastián. Fue en un caserío tradicional, sencillo pero auténtico. No había carta. Estábamos aún colgando los abrigos y ya nos habían puesto en la mesa la txistorra caliente. Luego llegó la tortilla, el bacalao con pimientos, los chuletones y el queso con membrillo. No sirven patatas, ni cerveza, ni café a los postres. Eso es lo que hay y uno sabe a lo que va, o sea, a darse un homenaje gastronómico sin concesiones a la tontería.

La sidra te la van reponiendo sin pedirlo según se vacían las botellas. A cierta edad semejante ingesta líquida impone una o varias visitas al urinario durante la comida. Había que atravesar el comedor principal y entrar en otro más frío que alberga las barricas de sidra empotradas en las paredes. Y allí estaba, al fondo a la izquierda, junto al baño, la pancarta en favor de los presos de ETA. Es la mejor prueba para demostrar cómo han cambiado las cosas en el País Vasco. Antes el cartelón y las fotos de los asesinos te recibían en el dintel de la entrada, no cerca del retrete.

Si a mi padre hace unos años le hubieran metido un tiro en la cabeza allí había gente que lo hubiera celebrado. No todos, estoy seguro, pero algunos sí. Era imposible no pensarlo, pero la tortilla estaba igual de buena, el bacalao sublime, y los chuletones se salían del mapa. En la mesa había amigas que se reencontraban después de veinte años sin verse. Fue una fiesta para el paladar y el corazón que no se vio ensombrecida por aquella tropa batasuna que revoloteaba entre las mesas.

Me vengo a referir aquí a la importancia de una cierta desmemoria. No una desmemoria total, pues eso lleva a no saber quiénes somos, ni de dónde venimos. Pero sí una que nos permita convivir sin tener que privarnos de la mejor sidra artesana. Porque vivir en guetos no es convivir. Por eso fui, y volvería a ir, a comer a Astigarraga. Y devolvería la sonrisa al parrillero que lucía una chapita con el careto de Txomin Iturbe, el dirigente de ETA. Porque soy vasco, me encanta el chuletón y estaba disfrutando con mis amigos.

Años atrás hubo gente infinitamente más generosa que yo, que a fin de cuentas me puse fino de comer y beber. La Ley de Amnistía de 1977 permitió incorporarse a la vida política a personas como Mario Onaindía, condenado por un tribunal militar franquista a dos penas de muerte y 51 años de prisión por asesinato, bandidismo, subversión social y terrorismo. Onaindía abandonó ETA pm para fundar Euskadiko Ezkerra, un partido político que aglutinó a la izquierda vasca no vinculada a ETA.

Onaindía murió joven, a los 55 años, víctima de un cáncer de estómago, y mi padre, que coincidió con él varias legislaturas en el Parlamento Vasco y en el Senado, fue una de las personas de las que quiso despedirse personalmente en sus últimos días. Cuando fue a visitarlo con Julen Guimón a su habitación del hospital de Txagorritxu, en Vitoria, Mario se giró socarrón hacia su mujer y le dijo: “cuidado que entra la derecha democrática e inteligente, la más peligrosa”. Y el corpachón menguado de aquel barbudo se agitó con la carcajada.

Ahora Sánchez nos quiere explicar que aquello no se hizo bien, y que se debe reinterpretar la Ley de Amnistía votada en masa por todos los partidos de izquierdas en la Transición. Bolaños, el ministro más listo de la clase, ha defendido esa enmienda para poder investigar las “inercias del franquismo” hasta 1982, casualmente el año que el PSOE ganó las elecciones. Desde que se instauró la democracia en España, lo más parecido a una inercia del franquismo ha sido financiar secuestros y asesinatos con dinero público, y ordenar la ejecución de esos crímenes a miembros de la Policía Nacional y la Guardia Civil. Imitando el funcionamiento de una dictadura, nadie ha superado a los GAL de González y Barrionuevo.

Por sus amigos los conocerás. Sánchez no ha estado solo a la hora de defender esta majadería jurídicamente inútil que pone en cuestión la clave de bóveda más importante de la Transición. El secretario general del Partido Comunista de España, Enrique Santiago, habla de acabar con la “impunidad del franquismo”. Lo dice un tipo que profesa una ideología que solo en la Unión Soviética causó 20 millones de muertos, más del triple de las provocadas por el nazismo. Cosas de la vida, nadie se pasea hoy por la calle con esvásticas en el pecho, pero este sujeto no solo luce con orgullo la hoz y el martillo, sino que se permite dar lecciones al resto sobre “memoria democrática”.

La “memoria democrática” que agita esta izquierda amnésica es una memoria RAM, aleatoria, que le permite formatear su disco duro para olvidar los crímenes de la Segunda República y los de ETA, y rescatar entre medias solo los de Franco. Se lo pueden permitir porque Mario Onaindía, Santiago Carrillo y otros están muertos. De lo contrario se les caería la cara de vergüenza.

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