Es una simpleza hacer bromas con el nombre de un personaje público, pero hoy he superado mis reparos por primera vez en las casi dos décadas que llevo perpetrando artículos de opinión. Me ha animado a dar este paso al escuchar a la ministra portavoz del Gobierno, Pilar Alegría, que preguntada por una sentencia del Tribunal Constitucional que borra jurídicamente de un plumazo el mayor caso de corrupción de la España democrática, vino a decir que, si no estuviera compareciendo en la sala de prensa del Palacio de la Moncloa, “haría máxima gala de mi apellido”. Daba gusto contemplar la expresión radiante de felicidad de la ministra Alegría. La cuestión es que en ese momento estaba compareciendo en la sala de prensa del Palacio de la Moncloa.
Debe ser algo contagioso, porque ese mismo problema de percepción espacio-temporal es el que afecta al matrimonio Sánchez Gómez. Pedro y Begoña no atisban ningún conveniente, ni legal ni ético, en reunirse en la sede de la Presidencia del Gobierno con empresarios para pedirles que financien las actividades privadas de ella, empresarios que poco después reciben fondos públicos. Lo apuntó bien el diputado del PNV, Aitor Esteban, en la tribuna del Congreso: ¿de verdad es necesaria una ley que prohiba esto? ¿hacía falta ponerlo por escrito? Hasta 2018, con seis presidentes de UCD, PSOE y PP, no. Desde la llegada de Sánchez al poder, sí.
Este Gobierno hace gala de un clasismo insoportable. La ministra Alegría reclama respeto para las decisiones del Tribunal Constitucional, y horas después sus compañeros de gabinete se lanzan en tromba contra el juez de instrucción que investiga a la mujer de su jefe. O sea, que debemos ser considerados con las decisiones de los ilustres magistrados nombrados por el PSOE que han avalado la impunidad de políticos del PSOE condenados por corrupción, pero se puede despellejar desde el Gobierno a un simple juez que ganó su plaza en una oposición, y que insiste en preguntar a Begoña por sus actividades privadas.
Comprobamos una vez más que Sánchez lo está cambiando todo. Un pelotón de ministros criticando de manera sincronizada a un juez, opinando contundentes sobre un sumario abierto, valorando pruebas y pidiendo a gritos el archivo de una causa, nos lleva a pensar que el auténtico gobierno de los jueces no reside ya en el CGPJ, sino que se reúne en Moncloa cada martes. A partir de ahora, escuchar a Bolaños hablando de la independencia del Poder Judicial será como ver a un líder de Hamás encabezando una manifestación pacifista.
La información es poder, pero el hombre al que reporta la Guardia Civil, la Policía Nacional, el CNI y la Fiscalía General del Estado (“¿la fiscalía de quién depende? Pues eso“) no sabe algo que conocemos el resto de españoles, esto es, el motivo por el que se investiga a su esposa. El abogado de Begoña trata de paralizar/anular la instrucción por cuestiones de procedimiento. Está en su derecho, y para eso están las garantías procesales, pero con esa estrategia el matrimonio Sánchez Gómez debe asumir como mínimo una contradicción profunda.
En una reciente entrevista en televisión, que pareció más un masaje balinés con aceites orientales perfumados que una pieza periodística, el presidente del Gobierno negó con vehemencia cualquier implicación penal de las actividades de su esposa. La periodista asentía bovina, pero se atrevió a plantear con timidez la posibilidad de algún leve reparo sobre los aspectos éticos y estéticos del asunto. Sánchez se puso aún más farruco: transparencia total y ningún reproche que admitir, porque su mujer es una reputada profesional en lo suyo.
He aquí la contradicción, que en realidad es una broma de un gusto tan malo como el título de esta columna. Si es tan transparente y reputada, ¿a santo de qué la coña de Begoña de permanecer en silencio, no sólo ante el juez, sino ante todo el país? Si no hay nada de nada, como afirma el refinado ministro Puente, ¿por qué no seguir el ejemplo de Manuel Chaves cuando niega un desfalco de 700 millones de euros, y comparecer en una sede socialista para explicar que su caso es un montaje de la derecha, de la Complutense y de los medios de comunicación, incluidos “chiringuitos” digitales como The New York Times, para desprestigiar a su marido?
El director de comunicación del PSOE acompañó el viernes a Begoña Gómez en su no declaración en los juzgados de Plaza Castilla, y quizá con tanto revuelo olvidó explicarles a ella y a su abogado una máxima que siempre hay que tener presente en este negociado: el silencio también comunica.