Dicen que después de la tormenta, siempre viene la calma. Aunque este periodo, que podríamos llamar temporal o circunstancial no deje de ser otra cosa que un paso intermedio entre una época de cambios y otra época de agitación. Esta semana me encontraba en Barcelona, visitando a unos amigos por las Festes de la Mercè. Aproveché estos días para encontrarme con diferente gente, personas de Mallorca y amigos catalanes para consultarles por la situación social y política.
De todos estos encuentros, debo admitir que me llamó poderosamente la atención el comentario de una amiga que ante mi pregunta de cómo estaba la situación en las calles, me respondió que todo seguía igual de tranquilo. Y añadió que Barcelona, pese a los momentos de movilización social, es una ciudad que nunca duerme. La gente trabaja, estudia, se mueve, en definitiva, vive. Y lo demás, secundario. Me había propuesto no tratar en ningún artículo el conflicto catalán por las pasiones que éste levantaba. Pero pese a ello, creo que es hora de ir aportando con serenidad y sentido común algunas notas o apuntes de hacia dónde vamos.
Que en Cataluña existe un problema de fondo respecto a sus relaciones con España no se puede negar. Que además, la sociedad catalana demuestra una heterogeneidad en cuanto a las diferentes alternativas también es cierto. Lo que de ninguna manera podemos consentir es que los representantes públicos cierren los ojos ante un problema que es real. Y que, por el hecho de cerrar los ojos, éste no va a desaparecer. Así, es necesario sin duda bajar la escalada verbal –cosa que el actual gobierno ya está haciendo– e ir poco a poco haciendo propuestas con el objetivo de dialogar para solventar el problema.
Ante los inconscientes que abogan por romper de un lado y otro las relaciones entre Gobierno y Generalitat, debemos reafirmar el papel mediador y dialogante de la política. La política es hablar, es contrastar y es gestionar. A España, en definitiva, le sobran pirómanos, y le faltan hombres de Estado. Le sobran incendiarios que pretenden arrasar. Porque cuando arrasas, humillas y lo quemas todo, al final, no queda nada donde construir. Nada nuevo nace allí. Así que, este periodo de gracia, llamado de paz o de calma sea el impulso para desencallar una situación que se posterga en el tiempo y que no hace más que dificultar la convivencia.