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La búsqueda del placer

El primer diccionario de la lengua castellana, editado en el siglo XVIII, definía el término 'placer' como «gusto, contento, alegría, regocijo o diversión». Desde entonces han pasado ya tres siglos, pero creo que casi todos podríamos estar todavía hoy bastante de acuerdo con esa definición inicial, considerándola, además, aún perfectamente válida.

Aun así, como casi todos somos en el fondo un poco pillines, es posible que si vemos que un artículo se titula precisamente así, La búsqueda del placer, empecemos la lectura de dicho texto pensando que, muy posiblemente, se hablará de un único tipo de placer, el que algunas personas consideran además que es el placer por antonomasia.

Y esto es así porque a veces parecería como si, efectivamente, no hubiera otro tipo de placeres, o que, de haberlos, serían en el fondo menos intensos o menos importantes que el placer sexual, algo con lo que seguro que no estarán de acuerdo quienes defienden que existen otros posibles motivos de satisfacción igualmente muy potentes.

De ahí que a menudo se hable también, con razón, del placer de la lectura, de reflexionar, de aprender, de escuchar música o de disfrutar de una película. Además, estarían también el placer de comer en general, de degustar chocolate —¡ummm!—, de hacer deporte, de viajar, de pasear, de bailar, de descansar, de darse un buen baño con espuma y una copa de vino al lado, de no hacer nada o de dormir.

En ese hipotético y extenso listado se encontrarían asimismo el placer de estar en la grata compañía de nuestra posible pareja, de unos amigos o de unos familiares, de practicar nuestra afición favorita, de poder estar tranquilos y en paz con nosotros mismos, o, por supuesto, el placer que proporcionan el erotismo, el deseo, alguna pequeña perversión compartida o la pasión.

La buena salud puede ser además, y de hecho es, una situación que contribuye a que se puedan vivir con plenitud todos los placeres ya citados, a los que podríamos añadir aquellos otros que genéricamente suelen ser denominados como los pequeños placeres de la vida, que en principio serían prácticamente infinitos. O casi.

Hasta no hace mucho, incluso fumar era un placer, y además «genial» y «sensual», según nos cantaba nuestra añorada y maravillosa Sara Montiel hace ya algunos años, aunque me temo que nuestros queridos gobernantes actuales y también los anteriores dejaron de estar convencidos de esa supuesta bondad del tabaco hace ya algún tiempo.

Un elemento común a casi todos los tipos de placer ya mencionados es el del decisivo papel que juega en la mayor parte de ellos la imaginación, porque es en el reino de la imaginación en donde siempre se pueden anticipar o hacer realidad todos nuestros sueños, desde nuestras fantasías más secretas hasta nuestros deseos más ocultos.

Pese a todo lo dicho hasta ahora, el término 'placer' y la búsqueda del mismo han sido, históricamente, dos cuestiones que muy a menudo han estado bajo sospecha o que incluso han sido consideradas directamente como perniciosas o ligadas a lo pecaminoso en su sentido más amplio, algo que me temo que sigue sucediendo todavía hoy.

Y sin embargo, creo que el placer, el verdadero placer, sólo es posible encontrarlo en donde estén siempre presentes la inteligencia, el juego, la emoción, los sentidos, la complicidad, la creatividad y el respeto.

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