KSB

Las imágenes de un bebé de tres meses catapultado sobre un muro del aeropuerto de Kabul y agarrado al vuelo por una marine norteamericano dieron la vuelta al mundo hace unas semanas. No cabe representación más cruda de la desesperación humana. Un padre amputando un trozo de sí mismo, que eso es un recién nacido, para dar a la criatura una mínima oportunidad de sobrevivir en manos de unos soldados extranjeros. La secuencia resulta aún más descarnada que la de jóvenes agarrados a un tren de aterrizaje elevándose hacia una muerte segura. Para escapar del horror también vale el suicido.

El drama de Afganistán supone el último episodio del gran reto del siglo XXI, de consecuencias más dramáticas a corto plazo que el cambio climático o la globalización. El fenómeno migratorio está cambiando la fisonomía del mundo, las sociedades y la manera de relacionarnos, como no había sucedido desde la Segunda Guerra Mundial. Y en este punto, oteando sobre esa masa ingente de desplazados, corremos el riesgo de perder de vista a los individuos. Para evitar el anonimato de esa tragedia está el periodismo, claro, que pone nombres, reales o ficticios, a las historias de personas que huyen del terror y la miseria. Pero la letra universal, la que permanece, está en la literatura.

Dice el escritor Fernando Aramburu que los novelistas “colocan al individuo en la historia”. Karina Sainz Borgo presentó el viernes en Palma 'El Tercer País', el relato de un viaje hacia la muerte que, a pesar de las heridas del camino, finaliza en una estación de vida. Un libro que alerta sobre la falta de compasión y el riesgo de deshumanización del individuo cuando reacciona como tribu. A cambio de un grado seguridad ficticio, el comportamiento de la manada es hostil ante lo ajeno, y a menudo ese miedo deriva en crueldad.

La pandemia nos tumbó algunas certezas. Una de ellas era el derecho al duelo y a despedir a nuestros muertos. Ni siquiera eso dejó en pie el virus en los peores momentos. Esa terapia necesaria contra el dolor se prohíbe cada día en otros lugares del mundo asolados por la guerra o la miseria, que niega a los muertos un lugar en la tierra no solo para descansar, sino para ser recordados. Conviene tenerlo presente ahora que en los países ricos y vacunados comenzamos a pasar página de esta pesadilla.

En 'La librera del Savoy', con la inimitable Maria Riutort de anfitriona, KSB nos vino a decir que sus libros no traen la paz, sino la guerra. No plantean soluciones, sino problemas. No hay respuestas, sino preguntas. Sin embargo, y a pesar de la dureza de su temática narrativa, KSB consigue que se filtre entre la oscuridad de sus personajes el brillo de la amistad, la compasión, el humor, la ternura o el perdón. Y con todo ello la esperanza. Justo lo que ocurrió en nuestras vidas durante los días más siniestros de la pandemia.

Por eso necesitamos la alta literatura, la de 'El Tercer País', porque logra fijar en el tiempo y en el papel las cuestiones que trascienden. Porque nos hace pensar y nos ayuda a entender, que después de todo es la única manera de seguir confiando en el género humano sin caer en la ceguera, o en la estupidez. KSB tiene 39 años, pero escribe con la hondura y la lucidez de quien se encuentra en su tercera reencarnación. Ha dicho Paul Auster en una entrevista en El País que “los genios precoces no existen en la literatura”. Puede que no haya leído a KSB.

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