Hoy es el día después del día de la mujer y toca hacer balance de lo que supuso la jornada en la que no se produjeron grandes concentraciones por la pandemia que venimos sufriendo desde hace un año, ya. Por una vez la ministro de Sanidad estuvo a la altura de las circunstancias y dijo textualmente que las concentraciones no ha lugar. Recordemos la multitudinaria del año pasado que aplazó el confinamiento general y que según una Universidad catalana, la Rovira i Virgili, si se hubiese ordenado el confinamiento una semana antes, en la primera ola hubiese habido cinco mil muertes menos. Si las conclusiones del estudio son certeras alguien debe responder por ello.
Francamente no tenía pensado tratar el tema del día de las mujeres, o el tema de la igualdad que en definitiva es lo mismo, pero un referente de la comunicación como es Susanna Griso, mujer a la que admiro por muchos motivos, en su intervención en la entrega de premios a una trayectoria profesional que le concedió la Comunidad de Madrid dijo que se tardarán 36 años en alcanzar la perfecta igualdad tras el retroceso sufrido por la pandemia. Esa intervención me ha llevado a abordar la espinosa cuestión. Me resulta inaceptable y vergonzante en la Europa del siglo XXI; es una cuestión sobre la que no cabe frivolizar pero si el gran gurú del feminismo y llamada a liderar esta larga travesía es la ministro de igualdad, la señora Montero, ya les digo que esto no irá bien por su manifiesta incapacidad. Esta afirmación no tiene nada que ver con que sea mujer, es que es una cuestión que le viene grande, muy grande.
A diario me veo negociando o litigando en los Juzgados con mujeres, o bien son las Jueces o Fiscales y nadie duda que sean tan buenas o malas juristas como pueda serlo yo. Mi realidad profesional es que las mujeres se han incorporado en estos últimos treinta años en el mundo de la práctica forense con absoluta normalidad hasta el punto que existen mujeres que son grandes juristas, otras normales y otras mediocres, pero ello no tiene que ver con el género sino con la condición humana. En los juzgados hoy en día se pleitea en pie de igualdad independientemente de la realidad personal que tenga cada uno en su vida.
Existe un país tan demócrata que votan en referéndum, hasta cuatro veces al año las decisiones trascendentes para la república y el pasado domingo, víspera del día de la mujer, acordaron los suizos que no se podía llevar burka en público en Suiza. Creo que esa sí que es una gran medida en defensa de la dignidad de la mujer, quizás sale en mí el facha que todo hombre lleva dentro –diría alguna podemita-pero en Europa no podemos consentir que las mujeres vayan con el rostro cubierto pues atenta contra todo lo que representa Europa, la lucha continuada por la libertad y los derechos civiles, y dar amparo a esos comportamientos es retroceder seiscientos años la dignidad de esas mujeres.
Si en un mensaje eran unánimes las mujeres era en el de la igualdad y esa unanimidad se ha visto fracturada por el mensaje, a mí entender radical y especialmente desafortunado, de la anteriormente citada Irene Montero. Un flaco favor está haciendo a las mujeres de este país con su demagogia y su guerra civilismo rancio, la realidad legislativa es que en año y medio de ministro, Montero no ha sacado adelante ningún proyecto de Ley en defensa de los derechos de la mujer. Esa es la realidad. Evidentemente una parte importante de las mujeres de la sociedad han manifestado su rechazo a sus políticas y no han dudado en proclamar que no se sienten representadas.
Rosa Luxemburg dijo algo que suscribo al cien por cien, por un mundo donde seamos iguales, humanamente diferentes y totalmente libres. No puedo estar más lejos ideológicamente de esta activista marxista pero esas palabras me suenan a música celestial. Iguales, diferentes y libres. Quizás algún día lo vea.
Tengo dos hijos, chico y chica, de la misma edad y sobre los que siempre los expertos me han dicho que no estableciese comparaciones y he procurado no hacerlo; dicho esto quiero que vivan en un mundo en el que no exista desigualdad, que si hacen el mismo trabajo cobren el mismo sueldo, que tengan las mismas oportunidades, ni más ni menos, independientemente de su sexo. Un mundo en el que no haya cuotas y que la capacidad se mida en función de valores objetivos y no subjetivos, el mundo al que cantó el gran Louis Armstrong en What a Wonderful World o el mismo Lennon en imagine ese es el mundo que me gustaría para mis hijos.
Es la hora de trabajar todos en esa dirección, en el que el feminismo desparezca por innecesario, y que la discriminación, por cualquier causa pero también por razón de sexo no sea más que una mal sueño del pasado. Me gustaría ese Wonderful World.