Tras el sideral ridículo cosechado a nivel nacional, el alcalde de Palma José Hila mandó parar el cambio de nombre de las doce calles que el lunes de la semana pasada había señalado a bombo y platillo desde el zaguán de Cort por su origen franquista, henchido de orgullo en lo que se calificó de un gran avance de la democracia. A la vista de los errores de bulto que el polémico censo de símbolos, leyendas y menciones franquistas incluye, el equipo de gobierno de Cort (PSOE, Podemos y Més) ha solicitado al Govern que lo revise. Mala cosa, porque el competente para ello, el secretario autonómico de Memoria Democrática, Jesús Jurado (nuevo líder de Podemos Palma), es el causante principal del desaguisado y del ridículo consiguiente.
Al menos Hila admite la posibilidad de haberse equivocado y anuncia que revisará lo que se ha hecho, lo cual no ha hecho ningún representante del Govern. Recordemos que el conseller competente en la cuestión es Juan Pedro Yllanes, que no ha dicho ni mu, siendo como es tan dado a anotarse méritos ajenos. Y es que ya tenemos interiorizado que en política, pocas veces —o casi nunca— se rectifica y nunca —o casi nunca— se asumen los errores y las responsabilidades que de ellos se derivan. Quedar en ridículo y dejar al mismo nivel a la institución que se representa, no paga ningún precio. Nadie se responsabilizará por el error y mucho menos será apartado del cargo. Nunca pasa nada, aunque tampoco hemos oído que la oposición lo reclame, así que correremos un tupido velo, pasaremos página y a otra cosa, mariposa.
Pero antes es importante señalar que las excusas del alcalde que hemos podido leer en El País, donde reconoce que no conocía a los almirantes Cervera, Churruca y Gravina, evidencian no solo la ignorancia del primer edil en aspectos muy básicos de la historia de España, que normalmente se aprendían en la EGB, sino un preocupante exceso de confianza en lo que sus socios y colaboradores le ponen delante para su firma.
Lo mínimo que debió hacer cuando le informaron de las doce calles a rebautizar por supuesta exigencia de la Ley de Memoria Democrática —por más que es difícil aceptar una excusa tan inconsistente y cogida con alfileres—, fue leer los nombres de las calles a suprimir. Sobre todo cuando él mismo defendió con tanto ímpetu y convencimiento que se trataba de eliminar todo vestigio de fascismo de la ciudad.
De una superficial lectura —ya no digo de una búsqueda en la wikipedia—, el alcalde hubiese comprobado que figuraba la calle Gabriel Rabassa, que él mismo inauguró en 2009 elogiando a su figura. ¿No se le ocurrió pensar que tan grave incoherencia sería utilizada por sus adversarios políticos y por los contrarios a los cambios de nomenclatura, que inevitablemente siempre acaban apareciendo? Lo mismo podríamos decir de la calle Toledo, o Castillo Olite...
Y es que Hila, que no es ningún recién llegado a la política, debería saber que no es una excusa admisible aquello de “me lo trajeron a la firma con todos los informes técnicos favorables y yo lo firmé”. Esa excusa no libró de responsabilidad a los políticos (algunos incluso fueron a la cárcel) que la arguyeron para esquivar su culpa. Porque un gobernante está para algo más que firmar ciegamente lo que se le presenta para que lo firme.
Conviene que el alcalde Hila tenga presente lo sucedido y lleve más cuidado de aquí en adelante, porque es evidente que alguien muy cercano —o más de uno— le tendieron una encerrona en la que él, incauto, cayó. Como si fuera nuevo. Como si pudiera fiarse de sus socios de gobierno que, por si no lo recuerda, pertenecen a otros partidos y tienen proyectos políticos muy distintos al que representa el Partido Socialista. A fin de cuentas, Toni Noguera, Jesús Jurado y Alberto Jarabo son rivales políticos, por más que ahora sean sus socios de gobierno. No lo pierda de vista.