Este próximo domingo, además de votar al Parlament Balear, al Consell Insular i a l’Ajuntament, también lo haremos al Parlamento Europeo. Tradicionalmente, las elecciones a la eurocámara, que casi nunca han coincidido con elecciones internas, han sido ignoradas por los ciudadanos, la participación es siempre mucho más baja que en otras votaciones, o han sido utilizadas por un porcentaje importante de votantes para manifestar su malestar o irritación con los partidos y políticos dominantes, votando en blanco, o provocando un voto nulo, o, aun peor, votando a alguna candidatura estrambótica, como la de Ruiz Mateos en su momento, o de partidos minoritarios y dudosamente democráticos.
La concurrencia en esta ocasión de las europeas con las autonómicas y locales supone una ocasión única para que voten más personas que nunca, para que ejerzan un voto más necesario que nunca en un momento especialmente delicado para la Unión Europea.
La UE tiene en estos momentos diversos enemigos, externos e internos, que suponen una amenaza, quizás no inmediata pero sí muy seria a medio plazo. Entre los enemigos externos, Putin y el neoexpansionismo ruso ponen en riesgo los lindes orientales de la unión. La actuación de Rusia en Ucrania, con la anexión ilegal de Crimea y la ayuda militar descarada, aunque negada, a los secesionistas de las provinciales orientales del Donbás, Donetsk y Lugansk, y las continuas alusiones de los medios de comunicación rusos afines al Kremlin, o sea, casi todos, a la supuesta discriminación de los ciudadanos rusos étnicos en las repúblicas bálticas, sobre todo Estonia y Letonia, que tiene una base real pero que es exagerada hasta la náusea, demuestran la voluntad del dirigente ruso de recuperar la presencia de Rusia en los territorios que formaron parte de la antigua Unión Soviética y su resistencia a aceptar la expansión de la UE hacia el este.
Por el oeste, las declaraciones de Trump y sus decisiones ejecutivas no han mostrado la más mínima simpatía hacia la UE, al contrario, más bien se ha mostrado partidario de su debilitamiento, dando un apoyo entusiasta al “brexit” y apoyando sin reservas a su exasesor Steve Bannon, en su plan de organizar en Europa una red de partidos ultanacionalistas de extrema derecha, que no pretenden que sus países se separen de la unión, como el Reino Unido, pero sí socavarla y desnaturalizarla desde dentro. Además, pretende que los países europeos, en el marco de la OTAN, incrementen sustancialmente su gasto militar, por supuesto a base de comprar armamento a los propios Estados Unidos, pero, por otra parte, no garantiza una respuesta militar solidaria por su parte en caso de agresión a la UE, que solo autorizaría si fuera del interés de los propios EE.UU.
Los enemigos internos son todo ese conjunto de partidos y políticos de extrema derecha ultranacionalista, los que Bannon pretende coordinar y si hace falta financiar, que pretenden una UE encerrada en sí misma, en la que los estados recuperarían parte de la soberanía cedida, que quedaría reducida a poco más que a un mercado de libre circulación de mercancías, con excepciones, y de personas, con controles, y muy restrictiva con la inmigración y el asilo. Algunos ya están en el poder en sus países, como en Hungría y Polonia y todos han conseguido modificar el discurso de los partidos mayoritarios e influir en la agenda de sus gobiernos, así como, y es lo más preocupante, en la percepción, falsa, que muchos ciudadanos europeos tienen de la inmigración.
Pero hay otros enemigos internos que no están recibiendo una atención suficiente y que son los derivados de las consecuencias de la crisis económica y del cambio climático. La política económica neoliberal y de austeridad implantada con la aparición de la crisis económica y el desplome de algunos países, que precisaron de rescates de cientos de miles de millones de euros, ha dejado en una situación de extrema debilidad a amplias capas de la población, con especial incidencia en los pensionistas y en los jóvenes, pero que ha empobrecido a toda la clase media en general. El riesgo de pobreza es ahora de alrededor del 20 % en el conjunto de la UE y los niveles de desempleo o subempleo son inaceptables, lo que pone en riesgo todo el entramado del estado de bienestar que es la marca distintiva de Europa.
El desempleo juvenil, la dificultad o imposibilidad de acceso a una vivienda digna, el deterioro de la asistencia sanitaria, de la escuela y la universidad públicas, de los servicios de asistencia social y de las infraestructuras públicas son notorios a todo lo largo del continente y coloca a los ciudadanos enfadados y desesperados en una posición en la que muchos de ellos pueden comprar las soflamas demagógicas y engañosas de la ultraderecha.
Y el cambio climático compromete el futuro de nuestros niños, que, de no remediarlo, heredarán un continente inhóspito y degradado. En este sentido, la estudiante sueca Greta Thunberg, que cada viernes se manifiesta en Estocolmo contra el cambio climático y que se ha convertido en un fenómeno viral que está encontrando seguidores en toda Europa y más allá, es un ejemplo de como los más jóvenes, que aun no pueden votar, nos están recordando que no tenemos derecho a dejarles un mundo hundido en la catástrofe ecológica y que tenemos el deber en empezar sin demora a aplicar soluciones para paliar los efectos del calentamiento global.
Pero la solución a los problemas económicos y ambientales, así como hacer frente a los enemigos externos, solo puede venir desde una profundización en la unión, desde el abandono de los egoísmos y prejuicios nacionales y la implementación de políticas económicas, financieras, industriales medioambientales y de defensa comunes, todo lo contrario de lo que propugnan los ultranacionalistas de extrema derecha y que ha impregnado el mensaje de los partidos tradicionales, sobre todo los conservadores y liberales.
Eso es lo que se juega el domingo según a quien se vote al parlamento europeo, más Europa, más unión, más solidaridad y un impulso hacia el futuro, o más nacionalismo de estado, menos Europa, menos solidaridad y un impulso hacia el pasado y, no se debería olvidar, el pasado de Europa es el desastre.