Estigmatizar la estigmatización sobre los enfermos mentales

Este es el reto que debemos afrontar y que nos compromete a todos. Es una tarea global y social. Es un nuevo valor que debe de impregnar y calar en los enfermos, en sus familiares, en los profesionales de la salud mental, en los ciudadanos, en los políticos y de forma muy importante en los medios sociales.

Hemos avanzado, pero todavía nos queda mucha tarea que éticamente nos compromete y nos cuestiona a todos. Duele la retina de los ojos y el alma cuando todavía en la prensa se abordan con titulares muy inadecuados, discriminatorios y estigmatizantes, hechos dolorosos y violentos ligados a personas que padecen trastornos mentales que serían los responsables de esas conductas. Una vez más, la violencia vuelve a vincularse con la enfermedad mental grave, obviándose datos muy importantes, que desde la individualización y la contextualización nos deberían dar las claves del porqué de ese proceder.

La violencia es individual y secundaria a una adversidad que se instala como daño permanente. Qué duda cabe de que los sentimientos de inseguridad, desconfianza, re-sentimiento, con una continua tendencia al egocentrismo, el odio, la envidia y el conflicto en las relaciones, constituyen el guión de muchas personas que no padecen enfermedades mentales en comportarse de forma violenta. La violencia es un fenómeno multifactorial y hay que desmitificar por tierra, mar y aire esa creencia social, cada menos vez menos arraigada, pero que todavía emerge, conmoviéndonos y removiéndonos emocionalmente.

Los propios pacientes, menoscabando autoestima, se revictimizan más todavía y se presentan como 'yo soy bipolar', 'yo soy diabético', 'yo soy esquizofrénico'… Resulta sorprendente que utilicemos coloquialmente esta afirmación sin dudarlo en ningún momento. Confundimos ser con estar. Erramos la atribución. Nuestro propio lenguaje configura nuestra enfermedad y nuestra actitud hacia ella. Nunca hay que olvidar que no existe la enfermedad: existe el enfermo. No hay enfermos clónicos. Existen personas singulares, con un contexto determinado, que afrontan una dolorosa travesía personal, y más si padecen una enfermedad mental.

La enfermedad mental soporta desde hace mucho tiempo una injusta sobrecarga. El sufrimiento personal y familiar se multiplica por el rechazo, la discriminación negativa, la estigmatización social, el señalamiento mediático y la lacra de la auto estigmatización. A esto hay que añadir el escaso apoyo institucional en cuanto a crear una plataforma de equidad y de igualdad de oportunidades que permita la auténtica integración social y laboral. Cuánto duele ver la soledad de los pacientes y sus familias.

Esto nos señala y nos debe de motivar para seguir redoblando la lucha, que, como gota malaya, nos permita transformar el agravio discriminatorio social del estigma, con muy alto potencial revictimizante, deshumanizador, estereotipador, que avergüenza, culpabiliza y aísla a los enfermos y a sus familias, aumentado así su sufrimiento y mucha veces la accesibilidad a los recursos de salud mental que precisa, en un valor social.

La lucha es en todos los frentes y la vamos ganando, pero hay que seguir luchando mucho en el terreno de los medios de comunicación, dada su gran capacidad de influencia, en cómo debe ser el estilo periodístico adecuado para, sobre todo, describir dos conductas humanas que impactan mucho: la violencia hetero infligida y la violencia autoinfligida.

Como dice Daniel Flichtentrei, "el valor de la información está en su relevancia y no en su abundancia. He aquí el quid de la cuestión. Una cosa son los hechos acaecidos, la intrahistoria del suceso, y otra, los juicios de valor".

Ahí van unos consejos: nunca publicar estas noticias en primera página o cubierta de las revistas, o en cabeceras de digitales, sobre suicidio o conductas homicidas. Nunca deben de reducir una acción compleja y de causas múltiples a explicaciones fáciles, simplistas. Siempre ser conscientes de los daños colaterales evitables que el titular, o la descripción de lo ocurrido, va a producir no solo en el afectado, sino en sus familiares, vecinos, otros enfermos, otras familias y en la sociedad entera.

Quitemos al depredador e injusto ESTIGMA LA G, es decir, transformémoslo en una cálida ESTIMA, que nos permita el acompañamiento, la integración y la construcción de contextos afectivos para personas que están dañadas psicológicamente por las circunstancias y adversidades de su vida (nadie elige su genoma y su ambioma familiar), que les han dificultado e hipotecado su desarrollo individual e independencia.

Como dice el prestigioso psicoanalista grupal vasco Jose María Ayerra, al que tanto menciono en este artículo, ”el objetivo de todos es la humanización del espacio social, que es fundamental para la convivencia pacífica y creativa de los seres humanos”.

En este 'todos', juegan un gran papel los medios sociales. Los titulares de la prensa, dado su gran poder de influencia en la opinión de los ciudadanos, pueden ser grande aliados, o, al revés, grandes 'enemigos' en esta lucha.

Objetivo: estigmatizar la estigmatización sobre los enfermos mentales, cambiando las creencias y la opinión sociales discriminatorias que todavía perduran con respecto a dos conductas antes reseñadas: la violencia y el suicidio.

Ya saben: en derrota transitoria, pero nunca en doma.

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