El 8 de Junio de 1999 Jaume Matas y Francesc Antich protagonizaron el primer debate electoral en Baleares. El moderador, el periodista Gaspar Sabater, las pasó canutas para poner orden en la antigua sede central de Sa Nostra, en Son Fuster, especialmente durante la primera parte de un cara a cara que se rigió por muchas menos reglas de las que hoy se pactan entre los candidatos. Como prueba baste un dato: estaba previsto que durara 90 minutos, y se prolongó una hora más.
Eran otros tiempos, cuando los presidentes autonómicos no parecían jefes de estados en miniatura, y Jaume Matas llegó a Son Fuster con sólo dos acompañantes: una persona de protocolo y un joven asesor de 29 años que formaba parte de su equipo de campaña.
Antich descolocó por completo a Matas al inicio del debate. El candidato socialista, un hombre tímido que había mantenido hasta entonces un perfil más bien plano, salió en tromba contra su adversario. Exponía sus mensajes con vehemencia, e interrumpía de manera constante a Matas en cada una de sus intervenciones. Matas respondía a esas interpelaciones, el otro le contestaba, y se consumían los turnos de palabra del candidato popular sin colocar con claridad un solo mensaje, cada vez más nervioso y deslavazado en su discurso. Así hasta llegar a la pausa de publicidad.
Lo que van a leer a partir de ahora ya no está en la hemeroteca, ni lo pueden ver en YouTube. Matas se levantó de la mesa y se acercó al chaval que le acompañaba. Este lo sujetó del antebrazo y lo alejó unos metros más del plató de televisión que se había montado para la ocasión. Ya digo que entonces no había camerinos con fruta y agua mineral para que los candidatos y sus equipos charlaran antes y en el intermedio del debate.
- Va mal, ¿no?
- Va fatal.
- No me deja hablar.
- Ya lo sé, y lo está viendo todo el mundo. Deja de contestar a cada corte que te hace porque dejas que te desvíe de tu discurso. Cuando te interrumpa quédate en silencio, gírate al moderador y pídele otra vez la palabra. No hables ni mires a Antich hasta que se calle y te devuelvan la palabra, y sigue con el argumento.
A continuación eligieron cuatro mensajes que había que colocar como fuera en la segunda parte del debate. Para sorpresa del mindundi que le había cantado las cuarenta a su jefe, Matas hizo exactamente lo que habían hablado. El debate continuó tenso, pero el candidato del PP trasmitió una imagen más serena, se le entendió mejor y Antich fue bajando poco a poco el nivel de decibelios y la frecuencia de sus interrupciones.
Ya he dicho que el debate se alargó más tiempo del previsto, y esa extensión fue buena para Matas porque le dio la oportunidad de remontar en parte su pésimo comienzo. Al final, la mayoría de medios coincidieron en dar por empatado aquel primer cara a cara electoral de nuestra comunidad.
Todo esto no es ficción. Lo sé porque el mindundi era yo, y lo puedo contar porque han pasado 24 años, tiempo suficiente para desclasificar algunos papeles. Aquella noche volví de madrugada a mi casa sorprendido por haber sido capaz de hablarle así al presidente de Baleares, y sentir que le había ayudado a enderezar el rumbo de aquel debate.
Lo que me impresiona hoy es algo bien distinto. Un hombre poderoso, que en aquellas elecciones perdió el gobierno pero estuvo a punto de alcanzar la mayoría absoluta, en un momento de máxima tensión fue capaz de escuchar a un chico sin grandes conocimientos de telegenia ni experiencia en los medios de comunicación. Matas tuvo la suficiente humildad para hacer caso a alguien que en aquel trance trataba de ayudarle desde la sinceridad.
El lunes pasado Sánchez y Feijóo debatieron en Antena 3 ante millones de espectadores. ¿Cómo es posible que nadie advirtiera al presidente durante la pausa publicitaria que se estaba suicidando en directo? Y si alguien lo hizo, aunque fuera en voz muy bajita dados los antecedentes de Sánchez despidiendo de mala manera a sus más estrechos colaboradores, ¿cómo se explica que siguiera airado, fuera de control, inconexo hasta el final del debate?
Es obvio que en algún momento de su carrera política Jaume Matas también dejó de escuchar. Por eso admiro a la personas que al cabo de los años y a pesar de sus éxitos, personales o profesionales, mantienen los pies en la tierra y recuerdan el tiempo en que nadie los veía como dioses, o diosas.