El independentismo catalán se encuentra en una encrucijada que algunos describen en términos de la dicotomía entre esencialismo y pragmatismo. Si bien la realidad nunca es tan simple como las reducciones abstractas, necesariamente simplificadoras, que utilizamos para describirla, en el momento actual esta disyuntiva explica con razonable exactitud el estado actual del soberanismo.
El debate dentro de los soberanistas, más soterrado que público por ahora, se sitúa en estos momentos entre los partidarios de la formación de un govern de la Generalitat efectivo, lo que supondría el fin de la aplicación del artículo 155 y la recuperación de las instituciones de autogobierno, autonómicas eso sí, y que incluye como condición “sine qua non” la elección de un president que pueda tomar posesión efectiva del cargo y, por otro lado, los legitimistas que propugnan la confrontación dura con el estado español, insistiendo en la investidura de Puigdemont, o Jordi Sánchez, que sería simbólica pero en ningún caso efectiva y abocaría a unas nuevas elecciones en julio, por cuanto la cuenta atrás de dos meses desde la primera investidura fallida ya está en marcha desde el fracaso del primer intento de Turull.
Los legitimistas pueden tener la razón última, seguramente, pero su postura inflexible conduce al bloqueo institucional, a la permanencia del 155 y a unas nuevas elecciones de resultado incierto, que podría resultar negativo para el soberanismo. Teniendo en cuenta que a la situación actual se ha llegado por la actitud intransigente y colonialista del gobierno y las instituciones españolas, pero también por los errores propios de los independentistas y que, a pesar de todo, el independentismo goza de una mayoría absoluta en el parlamento catalán, parece que sería procedente hacer un alto en el camino, reconocer los errores propios, los ajenos allá ellos, y recuperar las instituciones de autogobierno en unas condiciones bastante favorables teniendo en cuenta lo que ha caído.
El independentismo debe reconocer que ha ido con demasiadas prisas y que no se puede proclamar una independencia unilateral con solo el 48 %, o el 47 no discutiremos por un uno por ciento, de los votos. La mayoría absoluta parlamentaria le proporciona una base sólida sobre la que llevar cabo una labor de gobierno enmarcada en la legalidad autonómica y en la que cimentar una estrategia de ampliación de la base popular soberanista sin prisas innecesarias.
Esta opción, la retirada estratégica cuando el mantenimiento de las posiciones solo puede llevar al desastre, es la que parece haberse impuesto en ERC y en el PDCaT, aunque no en el círculo duro de Puigdemont en JxCat. Es cierto que ERC es en gran parte responsable de la situación actual, con su insistencia a Puigdemont de proclamar la declaración unilateral de independencia y su oposición a la convocatoria de elecciones autonómicas, llegando incluso a acusarlo de traidor cuando sopesaba dicha posibilidad. Todos recordamos el infame tuit de Gabriel Rufián haciendo referencia a la “155 monedas de plata”. Es lógico que Puigdemont y el núcleo duro de legitimistas estén dolidos con ERC, y con toda razón, pero los republicanos ya tienen su propia penitencia, con su núcleo dirigente en prisión o en el exilio y todos deberían pensar en el bien común de todos los ciudadanos de Catalunya antes que en sus rencillas personales.
Ha llegado el momento de dejar atrás los agravios y los resquemores personales y establecer un clima de colaboración que permita una solución lo más rápida posible al impasse actual y para ello hace falta que en el sector soberanista se llegue a un acuerdo que posibilite la creación de un gobierno y la recuperación de las instituciones.
Los esencialismos y las intransigencias deben quedar en el otro lado, en Madrid, donde no se vislumbra por ahora a nadie dispuesto a explorar el camino del acuerdo o, al menos, del diálogo. Parece que se sienten más cómodos cantando “el novio de la muerte”.