Elecciones en el geriátrico

La gigantesca presión sobre un llamativamente senil Joe Biden ha terminado por surtir efecto, y en una inducida muestra de lucidez -tal vez una de las últimas-, el aún presidente de EEUU ha renunciado a la carrera por las presidenciales, evitando que el próximo 5 de noviembre los norteamericanos tengan que escoger a uno de los dos ancianos en liza, ambos con la peculiaridad de ser los candidatos de edad más avanzada de la historia de esa república.

Se dirá, no sin razón, que el menor de los problemas de Donald Trump es su edad, 78 años recién cumplidos. Ciertamente, se puede ser un perfecto energúmeno desde edad muy temprana, aunque mi madre que en Gloria esté siempre me esgrimía aquel dicho tan mallorquín de "quan més vell, més ase" que encierra la enseñanza de que los defectos del carácter y la personalidad de los individuos, lejos de corregirse con la edad, se acentúan. Hasta es posible que Trump no fuera en su juventud tan majadero y radical como ahora.

Tampoco me tengo por gerontofóbico. Probablemente se cometen sonoras injusticias con muchos profesores universitarios solo por ser mayores, cuando a buen seguro constituye un auténtico despilfarro prescindir de su sabiduría acumulada.

Ahora bien, una cosa es actuar como consejero, académico, parlamentario o profesor y otra muy distinta tener en tus manos los resortes de poder de la primera potencia mundial. Para todo hay ciclos vitales, y el de Biden y Trump pasó de largo hace mucho tiempo. Los presidentes de repúblicas como la italiana o la alemana pueden ser ancianos porque su intervención en la gestión diaria de la cosa pública tiende a cero, ostentando cargos meramente representativos de sus respectivas naciones. Lo mismo ocurre con muchos monarcas de países de nuestro entorno, aunque incluso eso ha comenzado a cambiar.

Pero convendrán conmigo que, salvo excepciones muy contadas, el rango de edad idóneo para encabezar un gobierno está entre los cuarenta y los sesenta y tantos años. Más allá de eso, uno debe dedicarse a sus hijos y nietos, a sus hobbys y, si se tercia, a darle la opinión a quien la pida, pero desde la tranquilidad de no tener que decidir. Y, antes de los cuarenta, probablemente no se disponga de la perspectiva vital precisa para juzgar muchas cosas con la debida prudencia y mesura.

La fiscal y actual vicepresidenta Kamala Harris, que deberá pelear no solo contra Trump, sino contra los prejuicios sexistas y racistas de buena parte del pueblo estadounidense, parece ser la mejor colocada para relevar a Biden.

Eso, si el Partido Demócrata no escoge finalmente a otro candidato, pues voces autorizadas como la de Barack Obama mostraban aún frialdad hacia la jurista californiana.

De momento, pues, hemos evitado las elecciones en el geriátrico.

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