Es bien conocida la fábula de la rana y la olla de agua hirviendo para explicar cómo determinados procesos graduales pueden deteriorar la salud de una persona sin que ésta lo perciba hasta que el daño es irreparable. En 2006 Al Gore extendió la metáfora al fenómeno del calentamiento global, para alertar de cómo la humanidad se adapta despreocupada a una situación climática que supone una amenaza global para el planeta por la velocidad a la que está sucediendo.
Pero las fábulas y las metáforas no dejan de ser literatura. Tuvo que llegar un biólogo de la Universidad de Oklahoma, el Dr. Victor Hutchison, para dar voz a la razón científica y demostrarnos que la rana sí puede saltar de la olla cuando comienza a sentir el agua más caliente. En realidad la investigación de Hutchison es un canto a la esperanza: no todo está perdido para la rana, ni para las personas, si son conscientes de los cambios que están ocurriendo y se muestran capaces de responder a ellos de manera adecuada.
En 1885, cuando aún nadie había torturado a un anfibio en una cazuela al fuego, un tal Gustave Le Bon tomaba la temperatura ambiente en su obra Psicología de las masas cuando constataba que las grandes transiciones sociales se deben siempre a que ciertas ideas o convicciones fundamentales del pueblo han cambiado. Para este sociólogo francés la historia demuestra que, cuando los pilares morales que sustentan una civilización se debilitan, las masas acaban con dicha civilización.
Hasta hace bien poco el valor de la palabra era una de esos pilares. Frente a todo lo que le viene dado al ser humano sin posibilidad de elección-el lugar de nacimiento, la familia o la clase social- el individuo puede optar entre la verdad o la mentira, la compasión o la crueldad, el bien o el mal. Hasta ahora el juicio moral había premiado la elección de los primeros. Pero así como la crueldad y la maldad mantienen su reproche, la mentira sistemática no sólo no penaliza al embustero sino que está pasando a formar parte de los rasgos de la inteligencia.
En la República de Weimar la democracia fue socavada por la gran mentira que supuso acusar a los judíos y a la izquierda revolucionaria de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Salvando las distancias, muchas de las opciones que mantiene Trump de volver a la Casa Blanca se basan en otra gran mentira: Biden ganó gracias a un gran fraude electoral. Salvando otra vez las distancias, la carrera política de Sánchez, su ascenso y permanencia en el poder, se basan en otra gran mentira: él ha venido para salvar a España, primero de la corrupción, y ahora del fascismo.
Bajo esa premisa falsa quedan justificadas todas sus mentiras y sus pactos vergonzantes. No le queda otra, nos viene a decir. Como el Bartleby de Melville, Sánchez preferiría no hacerlo, pero no tiene más opciones ante el auge de la extrema derecha. Provoca sonrojo comprobar cómo una parte de la intelectualidad progresista de este país le compra esa moto averiada, y otra parte permanece en silencio. Como dice el humanista Rob Riemen, “una gran cultura nunca puede estar cimentada sobre una relación equívoca con la verdad”.
Esta semana han crujido como nunca las costuras de esa gran mentira cuando el presidente del Gobierno de España se ha presentado en Estrasburgo para explicar su receta contra la ultraderecha. Sánchez ha tenido el cuajo de afirmar ante el pleno del Parlamento Europeo que su alianza con el nacionalismo y la izquierda más radicales constituyen el mejor antídoto contra el virus fascista. Hay que ser osado, o más bien temerario, para defender esa estrategia justo allí, en el corazón institucional de una Europa levantada durante décadas desde la moderación, construida piedra a piedra a través del consenso mayoritario entre socialdemócratas, liberales y democristianos.
La disyuntiva entre verdad y mentira no es política, es moral. En este punto debemos manejarnos con cuidado, porque el siglo XX nos demuestra con hechos cuáles son las ideologías fundadas sobre grandes mentiras: el fascismo, el comunismo y el nacionalismo. La razón se muestra incapaz de corregir estos movimientos de masas porque acaban convirtiendo las ideas en convicciones político-religiosas.
Por mucho que algunos traten de ocultarlo, lo que está sucediendo hoy en España va más allá de una discrepancia entre izquierda y derecha. La historia reciente de Europa nos enseña que es un error de consecuencias dramáticas pensar que las instituciones democráticas, o unas elecciones libres, son capaces por sí solas de garantizar la supervivencia de la democracia liberal. Volviendo a Rob Riemen, el fundamento de la democracia no puede ser otro que un “espíritu democrático” que apela a las cualidades espirituales y morales de cada individuo. Un mínimo valor de la palabra es imprescindible para sostener el edificio donde pretendemos convivir. Como la rana, seguimos a tiempo de saltar de la olla.