Asistimos al espectáculo de la democracia. ¡Dejen de contar votos, que he ganado yo! clamaba Trump cuando los primeros recuentos le favorecían claramente. ¡Cuenten cada voto! coreaban todavía hoy partidarios de uno y otro ante las sedes de las autoridades electorales de algunos estados.
Apenas unos pocos centenares de votos separaban hace unas horas a ambos candidatos, a falta de un uno por ciento por escrutar en Georgia, y escasos miles en Pennsylvania.
Más allá del pintoresco -y probablemente anticuado- sistema electoral estadounidense, en el que esta vez contienden dos ancianos mucho más cerca (estadísticamente, al menos) del fin de sus días que de la fecha legal de jubilación, y en el que Biden, obteniendo más de cuatro millones de sufragios por encima de su oponente, podría todavía a esta hora perder la presidencia, lo cierto es que dos candidatos, 325 millones de ciudadanos de los EEUU, y el orbe entero en realidad, están pendientes del voto por correo de unos pocos, pese a la cifra récord de participación de estas elecciones, auspiciada por la catástrofe sanitaria del COVID en aquel país y por un ejercicio de la presidencia plagado de disparates y salidas de tono impropias del más relevante mandatario del planeta.
El síndrome de la pereza electoral, S.P.E., (no lo busquen en Wikipedia, me lo acabo de inventar), es aquel en virtud del cual el cóctel conformado por las encuestas manipuladas por el poder -en España, por el CIS de Tezanos-, que transmiten la idea de que el resultado ya está cocinado, unidas al mal tiempo -o al bueno-, propicia que ciudadanos dotados de algo tan poderoso como el derecho a voto se queden en casa o se vayan a la playa en lugar de acudir a su colegio electoral. Se trata de uno de los talones de Aquiles del sistema democrático, que convierte la abstención en el voto mayoritario, como si lo que se decide no tuviera importancia alguna para la vida ordinaria de cada uno.
El problema del S.P.E. es que si uno sucumbe a sus patógenos puede acabar resultando elegido un Donald Trump, o incluso un Pedro Sánchez, y ese es demasiado daño como para que, la próxima vez, uno no deje el sofá o la sombrilla y se acerque corriendo a votar antes de que cierren las urnas.