Cuando era joven, comía queso casi cada día y además con casi todo, no sólo en el bocadillo. El queso me parecía entonces el complemento perfecto comiera el plato que comiese, ya fueran lentejas, paella, pasta, pollo asado, albóndigas, croquetas o tortilla de patatas. Por no hablar de lo que disfrutaba combinando uvas y queso, un auténtico manjar de dioses. Así que la verdad es que comía queso no sólo cuando desayunaba o merendaba, sino también cuando almorzaba, a la hora de cenar o con el resopón.
En aquella época, cada semana debía de comer seguramente algo así como un kilo o más de queso. Además, si pedía por ejemplo una pizza, era siempre una cuatro quesos. Y si compraba algún robiol o alguna ración de tarta, era siempre de requesón. Mi pasión por el queso llegó a ser tal, que mi familia empezó a bromear conmigo diciendo que tal vez en alguna vida anterior yo habría sido en realidad un ratoncillo, algo así como una especie de Ratatouille o de Stuart Little, pero de origen mediterráneo.
Todo iba bien, sin embargo, hasta que un día mi buen médico de cabecera pronunció por vez primera estas cuatro palabras fatídicas: «Tienes el colesterol alto». A partir de entonces, empecé a reducir de manera drástica mi consumo de quesos curados y semicurados, al mismo tiempo que entraban por vez primera en mi vida y en mi estómago el queso blanco y el queso tierno, que sin duda son mucho más sanos, aunque creo que estaremos todos de acuerdo en que a ambos les falta quizás un poquitín de sabor.
No sé si fue por una cierta fatalidad cósmica o porque había dejado de hacer deporte, pero lo cierto es que casi todos los alimentos grasos o dulces que antes me sentaban bien o no engordaban, empezaron poco a poco a producirme justo el efecto contrario. Así que con los años me fui despidiendo o alejando progresivamente no sólo de los quesos curados, sino también de los embutidos, los crespells, los robiols, los helados, las ensaimadas de crema y todas las variantes posibles de tabletas y pasteles de chocolate.
Los amigos que conocen bien todos esos antecedentes veniales y también algunas posteriores reincidencias —siempre con el queso como principal protagonista—, me preguntan a veces si no echo un poco de menos aquellos tiempos en que cada comida era para mí casi como una fiesta. Y yo les contesto más o menos convencidamente que no, poniendo a continuación una media sonrisa ladeada a lo Clint Eastwood, que la verdad es que además me sale bastante bien.
Pero a ustedes les puedo decir hoy, en confianza, que seguramente no he vuelto a ser ya del todo feliz desde aquel lejano día en que tomé por última vez una Big Mac doble con tres raciones extras de queso. Sí, me temo que realmente es así, lo confieso.