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El precio del café del Cappuccino

La cadena de cafeterías gourmet Cappuccino Grand Café se caracteriza por tener sus establecimientos en lugares privilegiados. No es de extrañar que el precio vaya en consonancia al valor añadido que aporta la estancia.

Mi querido amigo Toni se quejaba ayer en la comida porque había pagado una cantidad absurda por un cortado y un café con leche; tres o cuatro veces más de lo que costaría en una cafetería estándar.

Lo que no tiene en cuenta Toni es que no es un café lo que está tomando. Está pagando por una experiencia que consiste en tomar un café en un antiguo palacio mallorquín, con una música y un personal entrenado para dar un servicio de cafetería que le harán sentir un privilegiado durante esa media hora que dure el café.

El precio óptimo es aquel que el cliente está dispuesto a pagar. Es un error compararlo con el coste de la materia prima.

Viendo las opiniones y valoración de Tripadvisor, los Cappuccinos tienen una política de precios adecuada. El precio no les penaliza. Si así fuera, la cadena no se hubiera expandido sino más bien, lo contrario.

Lo bonito de la ley del mercado es que la demanda es libre de comprar esa oferta a ese precio o consumir la de la competencia. Nadie nos obliga a ir al Cappuccino a tomar café pero, sin embargo, vamos ¿Por qué? Porque no queremos un café, queremos una experiencia sensorial completa, diferente a la que nos da la cafetería tradicional.

Podemos tomar un café en casa y, sin embargo, pagamos más por tomarlo en la cafetería de toda la vida ¿Por qué? Porque nos lo sirven y retiran de la mesa, porque leemos el periódico o porque socializamos. Ese valor añadido es muy valorado por todo el mundo. De ahí que haya tantas cafeterías.

Además, el precio comunica la estrategia del negocio. Un precio alto filtra la clientela. El segmento que esté dispuesto a pagar un precio alto por la experiencia del Cappuccino será el perfil que quiere la propiedad. El precio no solamente disuadirá a un determinado perfil de clientes sino que también evitará el malestar que causarían colas, ruidos o agobio propios del exceso de clientes en el establecimiento.

Si viéramos productos y no experiencias tomaríamos el zumo de naranja o el café en nuestra cocina. Sin embargo, bajamos al bar.

El café del Cappuccino puede ser hasta barato si el valor recibido por un cliente es mayor que lo que ha pagado. Cuidado con decir que algo es caro o barato. Hay que ver qué recibimos a cambio y qué valor de damos a eso.

Qué caro será el café a un euro de la cafetería del barrio si lo sirven de mala gana, con la televisión a todo volumen o con la marca de carmín de otra clienta anterior.

Cuando el precio del café del Cappuccino es realmente barato es cuando vemos la cadena de producción en su totalidad. Lo más extraordinario de la libertad de empresa y el capitalismo es que podemos tomar un café porque un colombiano lo ha cultivado, tostado, molido y empaquetado. Unos daneses lo han cargado en barcos fletados de América hasta Europa. Unos holandeses lo han distribuido en camiones hasta España. Un valenciano lo ha traído a Mallorca en barco y un mallorquín ha puesto su almacén y los camiones para llevarlo a Cappuccino y resto de cafeterías de la isla. Y nosotros, por menos de 5 euros estamos disfrutando de ese café en un entorno maravilloso.

Antes que existiera todo este sistema, si alguien de manera independiente hubiera querido tomar un café hubiera tenido que pagar miles de euros para realizar por sí mismo ese proceso.

Esa es la grandeza del capitalismo y la libertad de empresa. Si quieren cargarse este modelo, limiten el precio del café como quieren hacen en otros sectores.

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