El mallorquinismo merece que lo defiendan y lo representen desde el club

El desplazamiento más másivo en la historia del RCD Mallorca se convirtió en una auténtica pesadilla para muchos de los aficionados desplazados, hasta el punto de eclipsar la experiencia que supone acompañar a su equipo en toda una final de la Copa del Rey. Algunos ya lo habían hecho en las anteriores ocasiones, si bien nunca tuvieron que lidiar con tantos obstáculos para poder animar a los suyos desde la grada,

La propiedad del club o, por lo menos, muchos de los que mandan, han demostrado que no están a la altura de una afición que necesita a alguien que los defienda y los represente. Desde que el equipo se clasificó para la final hasta la rueda de prensa del CEO, Alfonso Díaz, para explicar los planes de viaje, pasaron más de dos semanas. Por entonces, muchos de los seguidores ya se las habían apañado para viajar a Sevilla, gastándose cientos de euros o haciendo escalas en Milán o Londres.

Mientras la entidad y las instituciones miraban, Moviment Mallorquinista y Unió de Penyes hicieron su trabajo. Sin saberlo, estos verdaderos mallorquinistas, que no cobran por serlo, empezaron a adquirir una responsabilidad que no era la suya, para hacer realidad el sueño de más de 21.000 ciudadanos baleares. Las denuncias están al caer, mientras el club elude toda responsabilidad, como ya hizo su CEO con las gogós del partido del Barça, que defendió pero que misteriosamente nunca han vuelto a repetir, o la tarde de la invasión de la afición bética en Son Moix.

En esta ocasión, no hubo ni chubasqueros ni gorros. Tampoco ayudas institucionales para los billetes, ni del club para las entradas. Esta vez, hubo cientos de mallorquinistas (y ciudadanos de Baleares) durmiendo horas y horas en el suelo de un barco, a pesar de haber pagado butaca. Decenas de personas, incluyendo ancianos y niños, corriendo en un paraje sin luz, para encontrar el autobús que les iba a llevar al aeropuerto, por no hablar de los mallorquinistas tirados por la carretera.

La final de Sevilla ha dejado claro que la afición del RCD Mallorca está muy por encima de los que mandan, aquellos que no invitaron a las leyendas Joan Forteza y Julià Mir a presenciar el choque en el palco. El pollencí fue el autor del primer gol del club en Primera, mientras el pobler fue el primer mallorquín en jugar con la entidad en la élite. Ambos tuvieron que seguir el choque por la televisión, al ser ignorados por la entidad.

Otro hecho que dejó en evidencia el poco (o nulo) conocimiento de la historia del club que tienen sus actuales dirigentes quedó también reflejado en los prolegómenos del encuentro. El mítico Iribar fue el elegido por el Athletic Club para digirir unas palabras a los presentes en las gradas. En el costado barralet, que ahora se empeñan en llamar dimonis, el representante fue Jaume Colombás. El 'speaker' del club es un 'crack' en lo suyo, pero no era la persona indicada, sobre todo si tenemos en cuenta que en el recinto estaban Gregorio Manzano, Miquel Àngel Nadal, 'Chichi' Soler, Javier Olaizola o Pep Lluís Martí.

La falta de mallorquinismo de los que mandan el club se repitió a la llegada de los valientes que fueron en barco hasta Sevilla. A esas horas, ya todos sabían lo que había pasado tanto en la ida como en la vuelta. Pero no les importó, a pesar de llevar en Palma desde el mediodía. A su llegada, los aficionados encontraron un puñado de periodistas. Hubiera sido un detalle que alguien del club (como Alfonso Díaz, que por cierto, va camino de convertirse en un nuevo Maheta Molango) hubiera ido a recibirlos, tal y como hicieron en su momento los presidentes Miquel Contestí y Bartomeu Beltrán, tras perder las finales de 1991 y 1998, respectivamente.

El posterior homenaje del lunes tan solo sirvió para dejar una fotografía para el recuerdo de los subcampeones con apenas 100 aficionados. Las caras de los futbolistas lo decían todo. Ellos, que sí se preocupan por sus aficionados, no merecían pasar por ese trago. No era el momento. En su lugar, los dirigentes podrían haber aprovechado la tarde para, por ejemplo, localizar a todos aquellos socios que revendieron sus entradas a hinchas vascos. Tienen mil fotos y vídeos para hacerlo. Pero no lo han hecho y estos estarán presentes este sábado en Son Moix como si nada hubiera pasado.

"Moviment sí, Alfonso no", rezaba una pancarta en el tributo a unos deportistas que merecían pasar el día con sus familias. La afición del Mallorca no es tonta ni se deja manipular. Por ello, el club tendría que pedir disculpas a sus aficionados por lo sucedido, ya que era su responsabilidad y no de los penyistas, el desplazamiento. Pero ni un misero tuit en forma de guiño, como si la cosa no fuera con ellos.

No hay que olvidar que, el pasado domingo, poco más de veinte aficionados, fue a recibir al equipo a Son Sant Joan. Lejos queda la época de Cúper, Asensio y Beltrán, cuando tras perder en Mestalla y Birmingham se tuvo que habilitar una terminal por la presencia masiva de hinchas. Quizás alguien debería de contárselo a los que mandan: la afición es sagrada.

Ellos, Alfonso Díaz, Pablo Ortells y Andy Kohlberg, un presidente que apenas habla castellano y que empezó su discurso en el homenaje con "la isla de Palma", han dejado claro que no son mallorquinistas ni sienten los colores. Sin embargo, tienen que estar a la altura de sus cargos y, sobre todo, de una afición que, cuando ellos se vayan, continuarán animando a su equipo como ya hacían antes de su llegada. "El Mallorca no se vende". Ya lo dijo Bartolomé Beltrán.

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