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El hombre del saco

Los sábados por la mañana suelo aporrear el teclado para ofrecer algo digno a los lectores de esta columna, pero hace cuarenta años me levantaba más despreocupado pensando sólo en ganar nuestro partido de fútbol semanal. Como tantos niños de ayer y de hoy, tenía a mi padre contratado como fijo discontinuo para hacerme de taxista por todos los barrios y colegios de Vitoria, la ciudad donde nací y me crié.

No todos los sábados eran iguales. Lo normal era destrozarnos las rodillas o ponernos hasta el cuello de barro en aquellos campos de tierra infames, según estuviera seco o encharcado el terreno de juego. Pero había dos o tres fines de semana por temporada que amanecíamos especialmente risueños. En la década de los ochenta jugar en un campo de hierba natural era un sueño para cualquier niño, lo más parecido a lo que veíamos en los cromos y en Estudio Estadio. Al acabar aquellos partidos, observaba los rasponazos de césped en los codos de mi camiseta o en el lateral del pantalón y me creía Michel, o Martín Vázquez.

Dos décadas más tarde un jugador de Real Madrid me regaló la camiseta con la que había jugado un partido de Champions contra el Manchester United, el del mítico taconazo de Fernando Redondo. Aún tenía en la manga derecha el verdín de Old Trafford, y olía a colonia de las caras. Por supuesto la conservé sucia, hasta que unos meses después la llevé a una planta de oncología infantil para dejarla en manos del hijo de unos amigos. Le recomendé a su madre que no la lavara porque tenía más valor sentimental así, con los restos de hierba de uno de los estadios con más historia del fútbol mundial. Mi amiga me miró como si estuviera loco.

Era normal su extrañeza porque hace años que los niños no juegan en campos de tierra, y sólo la élite pisa la hierba natural. En España hay más de diez mil campos de césped artificial, y cada año se renuevan o construyen otros cuatrocientos. Los papás y las mamás de hoy no frotan manchas verdes ni lavan barro de las equipaciones. Eso sí, se encuentran por la casa pelotillas negras de caucho procedente de neumáticos reciclados que se quedan impregnadas en las botas y en la ropa. Ahora la Unión Europea ha prohibido ese material en los campos a partir de 2030, y se buscan alternativas para amortiguar menos contaminantes.

Paradojas de la vida, tiene gracia que fuera precisamente la fábrica de neumáticos Michelin en Vitoria la propietaria de uno de aquellos campos soñados de hierba natural, segado al milímetro como los de Lezama en Bilbao. Jugando en la Michelin, bastaba imaginar unas gradas repletas de público para sentirse como en San Mamés. El resto era igual, o casi.

Uno de los artífices de aquellas maravillosas instalaciones deportivas fue su director, Luis Abaitua, secuestrado por ETA en 1979. Quizá les suene el nombre porque uno de sus secuestradores fue Arnaldo Otegi, condenado a seis años de prisión por aquella acción terrorista. Como esta columna va de chistes y paradojas, es para partirse el pecho escuchar a Otegi declarar esta semana que “no es partidario de usar rehenes civiles para hacer canjes”. Él lo hizo para obligar a una empresa a negociar un convenio colectivo, que no es lo mismo, claro. Ni siquiera ha tenido la decencia de decir que ha cambiado de opinión, como su socio Pedro Sánchez.

Luis Abaitua tuvo suerte que le tocara Otegi en el sorteo de comandos. Unos días antes el director de la fábrica de Michelín en Lasarte (Guipúzcoa) había aparecido con un balazo en cada pierna, y un año más tarde ETA asesinó a un jefe de personal y a un jefe de oficinas técnicas, también empleados de Michelin. Ya ven, nada de canjes en la negociación.

Otegi le dijo a Evole en aquella vergonzosa entrevista de colegueo que sólo había militado en ETA durante el franquismo, y que no había participado en ningún secuestro. Eran los inicios de la maniobra mediática para blanquear a los herederos del conglomerado ETA-Batasuna, con un PSOE hundido en noventa diputados consciente de su necesidad de sumar en el futuro todo lo que estuviera a su izquierda si quería volver a gobernar.

La prosa de Otegi se ha humanizado, y ahora se declara “en contra de las estrategias que buscan atacar masivamente y de forma indiscriminada a la población civil”. Arnaldo entiende por masa a partir de 22 cadáveres, porque los 21 de Hipercor en Barcelona los justificó diciendo que ETA había llamado antes por teléfono. No como Israel, que va a entrar hasta la cocina en Gaza para acabar con Hamas sin avisar a los palestinos.

“El tío estará en el capó, metido en un saco, esposado”, reza la orden manuscrita de Otegi ordenando un secuestro. Este es el “hombre de paz” cuyo partido “mejora la vida de los españoles” según el PSOE. Mientras no pida perdón, para millones de españoles Otegi será siempre “el hombre del saco”.

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