Acabó 2020, el último año para decenas de miles de ciudadanos y un pésimo año para millones de ciudadanos. Ciudadanos que sobreviven a una tragedia, jamás soportada por la humanidad. Muchas han sido las epidemias sufridas durante los siglos, pero, seguramente, ninguna con el cúmulo de errores, mentiras, engaños y falsedades que han acompañado al Covid-19.
Algunos han adoptado el papel de Juan Bautista, predicando en el desierto repleto, en este caso, de millones de seres humanos que, sordos, incrédulos, como bolsas liquidas se han ido conformando según las instrucciones emanadas de las superioridades, tituladas OMS, UE, Gobiernos o Comunidades. Mientras esos ingenuos predicadores reclamaban acciones y decisiones certeras, el montón de políticos se aprestaban a crear zonas de poder para engrandecer su poder.
La soberanía popular, el pueblo soberano, ha sido liquidado, material y socialmente. Es obligatorio amoldarse a las circunstancias y no rebelarse contra el orden establecido, bajo el título de nueva normalidad, sinónimo de confiscación de libertades y derechos. El gran engaño comenzó en un lugar lejano, prosiguió su andadura, llegó a nuestras calles, y fue bautizado como “simple gripe”, que provocaría dos o tres casos.
El engaño persistió en su andadura, escondiendo su efecto pernicioso, para superar una 'kedada' feminista, en la cual “va la vida”. Abiertas las puertas al miedo, las mentiras debían alimentarlo. Sin prejuicio alguno, echándole toda la cara posible, sin vergüenza, ni recato. Comisión de expertos era la sedicente guía en la prevención; mentira: ni la hubo ni la ha habido. Media docena de funcionarios y poco más. 400.000 euros para hacer frente al desastre económico de un estado de alarma incontrolado; mentira: se habrán gastado en colchones, en caterings, en cargos, en coches, en mamparas, en muros, sin que hayan llegado ni a ERTES, ni a autónomos, ni a comerciantes, ni a las filas de aspirantes a comensales de ayudas parroquiales.
Estado de alarma, toques de queda alimentados por el miedo y manejados sin control ni trasparencia. El engaño constante puede que tuviese su cenit cuando se nos anunció que las mascarillas no eran necesarias y el virus se había vencido, habiendo salvado la vida a cientos de miles de españoles. Mentira: no eran necesarias porque no había mascarillas y el virus seguía campando por todas partes sin que el gobierno fuese capaz no ya de vencerlo, sino, simplemente, de controlarlo.
Había llegado el momento de lavarse las manos. El gobierno resuelve que la competencia sanitaria es de las CC.AA. y hace mutis por el foro. En este caso, la mentira se convierte en un inaudito engaño. El resultado está a la vista: desigualdades en el reparto de ayudas, según convenga, y diecisiete soluciones para un mismo problema. Es decir, el gobierno engaña a todos desentendiéndose de su principal obligación, gobernar al pueblo y coordinar para el bien común.
Pero, para ellos no se trata ni de gobernar ni de coordinar, se trata de alcanzar el poder, mantenerse en el poder y ejecutar el poder. Todo fluye, decíamos hace unas semanas, y ahora todo desciende hacia la pobreza, hacia la indigencia. No hay capacidad ni competencia para hacer frente a tanto problema. Las vacunas, las ayudas, los salarios mínimos, el pago de los ERTES, los cierres de empresas, de comercios, de hoteles, de restaurantes, de grandes superficies, todo bajo el imperio incompetente de cada uno de los diecisiete reinos de taifas, nos encamina hacia el desastre. Clamarlo es gritar a sordos, hombres y mujeres líquidos que adoptan la forma que moldea la superioridad, sin darse cuenta de que se les está conduciendo hacia la nada, hacia el aborregamiento, hacia las ubres del Estado como único sostén de sus vidas.
Estamos a punto de alcanzar los 4 millones de parados, con 755.000 trabajadores en ERTE a las puertas del paro; debemos el 30% de nuestra riqueza al BCE; cerramos el año con un déficit del 12%; hemos perdido más de 70 millones turistas; se han destruido 360.000 puestos de trabajo; el 75% de los hoteles luchará contra resultados negativos, y el BdE anuncia que un 40% de empresas caerán en el déficit. Es decir, el tejido productivo de este país está alcanzando una situación de alto riesgo de cierre. Y, para distraer al personal, se nos deslumbra con la vacuna, que de seguir el ritmo de 99.000 vacunados en nueve días, hay que tener la esperanza de que dentro de una docena de años estén los españoles supervivientes vacunados.
Deslumbrados también olvidarán que un ministro de Sanidad y precandidato electoral anunció que en verano habría 13 millones de españoles vacunados. Otra mentira más. No hay problema, nada es problema; ni que una exministra de justicia sea Fiscal supremo, que un expresidente sea asesor de un tirano, que un presidente autonómico riegue de ayudas a la empresa de un hermano, que el presidente cree un organismo especial para su esposa... Parejas ministeriales, agrupaciones familiares, enredos sentimentales, todo cubre el mayor de los engaños: expropiar libertades y derechos bajo la justificación de ser la salud lo único importante.