El peculiar y seco sonido que provoca el movimiento de las barras metálicas de un futbolín es siempre inconfundible, como lo es también el sonido que provoca el golpeo mismo de la bola por parte de sus hieráticos y normalmente imperturbables jugadores. Algunos de nosotros echamos hoy un poco de menos ese sonido y el que hacían también las antiguas máquinas recreativas, quizás, aunque no sólo, porque vinculamos esos sonidos a momentos dichosos y felices de nuestra primera adolescencia.
La antigua sonoridad de los futbolines y de las máquinas de «pinball» ha ido dando paso poco a poco, en los últimos años, a otro tipo de sonoridad, la de los juegos por ordenador o con el teléfono móvil. Ya decían en «La verbena de la Paloma», no sin motivo, que las ciencias adelantan hoy que es una barbaridad. Esos constatables adelantos bárbaros han hecho que las horas que antes pasábamos en compañía en los salones recreativos, las pasemos ahora más o menos en soledad ante una pantalla de plasma.
Cuando todo esto que estamos viviendo ahora pase, que por supuesto pasará, una de las cosas que quizás vuelvan a ponerse de moda sean entretenimientos como los de las partidas de futbolín, pues creo que volveremos a sentir con más fuerza que antes la necesidad de jugar con otras personas en un mismo espacio compartido. Ese renovado sentimiento de complicidad y de empatía lo podemos percibir ya ahora, si bien de un modo algo diferente, cuando nos encontramos en una sala de cine, en un teatro, en un restaurante o en un café.
Una de las ventajas añadidas del futbolín sobre su hermano mayor el fútbol es que para poder jugar con los amigos no es necesario estar previamente en perfecta forma física ni saber de estrategias a balón parado, pizarras o tácticas modernas. Por fortuna, tampoco es preciso estar pendientes de los árbitros o del VAR. El esquema de juego en los futbolines españoles siempre es el mismo, con tres defensas, tres centrocampistas y cuatro delanteros. Ese esquema 3-3-4 es esencialmente ofensivo, sin descuidar la retaguardia, por lo que siempre se acaban viendo goles, normalmente algunos más que en los partidos de fútbol en los que juega nuestro querido Real Mallorca.