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El dedo del necio

Antes o después la trayectoria del columnista se reduce a la crónica de sus tropezones. No hace quince días escribía en esta página sobre la extrema dificultad de encontrar un súper idiota, y esta semana ha irrumpido en la escena pública un ejemplar superior para desmontar mi tesis y dejarme en ridículo. A Juan García-Gallardo se le notaba bisoño en sus entrevistas hace un año como candidato de VOX a la presidencia de la Junta de Castilla y León. En cada respuesta tiraba del argumentario de su partido como un loro, tratando de no improvisar ni una coma. Estaba advertido por sus superiores de lo cabrones que pueden llegar a ser los periodistas, y para evitar errores recitaba un discurso tan parco en expresión que a menudo rozaba lo grotesco.

El principal problema del actual vicepresidente de la Junta de Castilla y León no es la escasez de palabras, sino de ideas. Su caso demuestra lo complicado que puede resultar hoy encontrar candidatos con una mínima solvencia intelectual que no la líen cada vez que abren la boca. García-Gallardo era el juvenil que debutaba con prisas en el primer equipo porque no había otro para jugar. Le explicaron que tenia que devolver cada balón cortito y al pie para evitar pérdidas innecesarias que dieran ventaja a los contrarios. Pero en la segunda temporada Juan se ha venido arriba. Ha visto su cara en los cromos y en los telediarios, y se ha creído jugador de Champions. Y claro, al poco del pitido inicial ha llegado el gol en propia meta.

VOX comparte con Podemos esa obsesión por arrastrar a los demás a regirse según su código moral e ideológico. De ahí la idea manifestada por García-Gallardo de “obligar” a los médicos a ofrecer a las embarazadas una ecografía que les permita escuchar el latido fetal. Parte de un razonamiento similar al de la extrema izquierda que se muestra contraria a reconocer el derecho de objeción de conciencia de los médicos de la sanidad pública que se niegan a practicar abortos.

Lo peor de todo este asunto no es que García-Gallardo sea un político tuercebotas que ha centrado -supongo que sin querer- un balón perfecto al Gobierno de Sánchez para montar una campaña de propaganda sobre un protocolo fantasma. El humo dura lo que dura, y la sobreactuación de Moncloa no va a evitar que sigan reduciéndose las penas de agresores sexuales y políticos malversadores, por ejemplo.

El proverbio oriental dice que cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo. Lo triste de esta polémica es que el dedo pertenece al necio. Días después García-Gallardo reconocía con una media sonrisa en la boca que no sabe nada de embarazos. Su ignorancia provoca que desviemos la mirada del auténtico problema. El Banco de España advierte que en 2050 España será el segundo país de la Unión Europea con más gasto en pensiones en proporción a su PIB. Hoy somos el séptimo. En otra palabras, nuestra sociedad envejece rápido y eso acarrea un coste tan elevado que condiciona nuestro bienestar futuro.

Se habla mucho de los embarazos de adolescentes, pero la tasa de interrupciones voluntarias del embarazo entre los 25 y los 39 años es cinco veces superior a la de menores de 19 años. En un país con una economía que permite a su gobierno regalar bonos de 400 euros para comprar videojuegos, ¿es fascista cuestionarse cuántos de esos abortos se deciden por causas económicas? ¿sería una coacción ofrecer más ayudas públicas directas a las gestantes que, en una situación de estabilidad personal, preferirían dar a luz?

La estadística demográfica y macroeconómica nos dice que España necesita niños, y los necesita ya. Siendo honestos, no es propio de una izquierda coherente plantear el debate sobre una renta básica universal, individual, incondicional y de cuantía suficiente para poder vivir sin trabajar, mientras se considera el incremento de las ayudas a la maternidad y a las familias una propuesta de derechas.

Una vez más el ruido y la brocha gorda impiden abordar con moderación y sentido común un asunto tan delicado desde el punto de la vista de la moral individual, y al mismo tiempo tan trascendente para un país con escasa natalidad. Los más tarugos de VOX son incapaces de entender que, en estos momentos, lo que mueve el voto de una mayoría social va más allá de la ideología. Es el hartazgo de un presidente del Gobierno que está forzando las costuras constitucionales hasta hacerlas crujir. Esa es la luna que ya ven miles de votantes de izquierdas sensatos, y que el necio con su dedo se esfuerza en tapar.

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