El corrector de Cort

La concejal de Podem Palma, Eva Frade, pidió el miércoles públicas disculpas por la pintoresca versión castellana del programa de fiestas de Sant Sebastiá, texto improvisado a raíz de la reacción popular tras haberse publicado inicialmente solo en catalán y, asómbrense, en árabe. Bien está que alguien asuma errores y ridículos, claro, pero lo más cómico de esta kafkiana cuestión estaba por venir y se produjo precisamente al tratar de dar explicaciones la regidora morada. Frade indicó que lo publicado por error era un ‘documento de trabajo’ y que lo arreglarían de inmediato. Imagino que recurrirían a un asesor lingüístico, como si el texto tuviera la más mínima complicación. Tiene guasa que alguien califique de trabajo lo que resulta evidente que no es más que el producto apresurado de un mal traductor online entre las docenas de aplicaciones, más que dignas, que existen en la red. Como mucho, y siendo generosos, podría pasar por documento de trabajo de un escolar de segundo de primaria.

El nivel medio de los políticos es tan sumamente bajo que no se entretienen en revisar, siquiera por decoro personal, los textos en los que aparece su fotografía y que asumen como propios aunque los haya redactado el asesor de turno. Ello, claro, en el supuesto que sean capaces de detectar los errores, algo que, visto lo visto, no deberíamos presumir.

En la nueva política populista saber leer y escribir correctamente es algo totalmente superfluo e innecesario. Basta con hacerse entender en la jerga infecta de las redes sociales, en la que los acentos, las haches, las bes y las uves, y no digamos las comas y los puntos, aparecen aleatoriamente y sin sentido.

El trasfondo último de esta polémica es este debate tan manido, rastrero y lamentable en el que determinados partidos políticos se empeñan permanentemente en arrojar unas lenguas contra otras, asignándoles ideología a su antojo. Para el soberanismo, el castellano es una lengua opresiva y dictatorial, que los mallorquines hablan a la fuerza por culpa, fundamentalmente, de Franco. Para el populismo de extrema derecha, el catalán es artificial, importado, prescindible o, directamente, no existe, de manera que en Mallorca, según sus disparatadas teorías, llevamos ocho siglos hablando una lengua de generación espontánea que debieron inventar los pobladores de talaiots mientras hacían una torrada de chuletas de Myotragus Balearicus a la luz de la luna. Lo de los repobladores catalanes tras la conquista es un pequeño detalle sin importancia que además, niegan, haciendo patente su odio visceral a todo lo que tenga ese origen geográfico tan detestable.

Este desprecio hacia el idioma que habla el otro –mi vecino, mi amigo, mi compañero de trabajo-, esa permanente beligerancia hacia algo tan hermoso como la lengua que aprende cada uno de nosotros de sus padres, nos lleva a una cansina, iletrada e inacabable discusión.

Las lenguas no tienen ideología, aunque tengan alma, y por eso nos duele que traten mal aquella que consideramos como nuestra, sea el catalán o el castellano.

La inmensa mayoría de los mallorquines nos entendemos perfectamente en ambas y aspiramos a que sean objeto de igual respeto y consideración, singularmente por parte de los poderes públicos.

Yo también me reí a carcajadas con la traducción de Cort, pero esa risa no puede mitigar la agria sensación de que determinados errores esconden odios, y eso seguro que no lo arreglará el corrector lingüístico de Cort.

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