El bilingüismo: una coña marinera

Soy “bilingüista” de toda la vida; y, por imperativo legal. No me gusta decir que soy bilingüe porque el término me parece ambiguo. Ejerzo, desde mi nacimiento, el bilingüismo y como me siento practicante activo de esta función, prefiero autodefinirme como “bilingüista”. Así, tal cual; como si se tratara de un “biciclista”.

Mi idioma materno es el catalán. Con mis padres y mis madres siempre me expresé en la lengua de Muntaner, Ausiàs March, Mistral o Llull. Allá por los años cincuenta, en mi escuela, la enseñanza general era, por severa obligación, en castellano. Era lo que había. La práctica mayoría de los alumnos éramos de habla catalana; los profesores, también. A pesar de esta coyuntura social, nos vimos forzados no sólo a aprender en una lengua que no era la nuestra, sino a intentar evitar represalias por expandirnos en nuestra manera de interpelarnos. Esto sucedía mientras en los tranvías y autobuses de nuestra ciudad se situaban carteles, bien visibles, en los que, aparte de invitarnos a no escupir, se nos exigía que hablásemos en “cristiano”. ¡Manda huevos! Puro genocidio cultural. Por si esto fuera poco, nos imponían -siempre bajo coacción- cantar el Cara al Sol antes de entrar en clase. Un himno de una neutralidad fuera de duda. La Fundación Francisco Franco sigue siendo legal y subvencionada, sesenta años después, año 2018; ahorita mismo. Lo que son las cosas...

Con todo esto, mi aprendizaje general fue sólo en español (mientras en mi entorno familiar y social las relaciones eran en catalán) y, en mi adolescencia, tuve que apretarme las tuercas mentales para aprender a leer y escribir en mi lengua perseguida, el catalán. ¡Vergüenza!

A lo que iba: hoy en día, algunas personas, defienden, a ultranza, el bilingüismo. ¡Ole tú! Resulta que los catalanoparlantes somos bilingües por naturaleza; bueno, naturaleza un pelín forzada. Podemos y sabemos leer y hablar en las dos lenguas con toda espontaneidad. No necesitamos, para nada, reivindicar ninguna clase de bilingüismo: lo practicamos de serie. Ningún problema. Hace cuarenta y cinco años que hablo catalán con mis vecinos de rellano y la misma cantidad de años que hablo español con Gregoria, la de la planta baja que, por cierto, jamás ha intentado soltar ni una sola palabra en catalán. Ningún planteamiento de “fractura social”.

En cambio, por su parte, los actuales postulantes acérrimos del bilingüismo, por lo menos en Catalunya, son mayoritariamente castellanohablantes que no conocen el idioma catalán ni tienen ningún interés en usarlo. Saben que sólo expresándose en español pueden vivir cómodamente en Catalunya, mientras que los catalanes deben, siempre, cambiar su idioma porque las circunstancias lo exigen.

El idioma catalán -nunca reconocido y mucho menos estimado en España- vive en un estado de debilidad extrema. He trabajado, y vivido, muchos años en Madrid (por ejemplo) y he oído, en múltiples ocasiones, aquello de “hablan catalán sólo por tocar los cojones. Entienden el castellano pues, ¡coño, que no nos vengan a poner problemas!”. Ya lo dijo Machado, que no era catalán: “el pueblo castellano odia todo aquello que desconoce”. La fragilidad del catalán en Catalunya es perfectamente visible en la calle, en los patios de los colegios y, principalmente, en los medios de comunicación. La proporcionalidad del uso del catalán en prensa (en papel o digital), televisión o radio clama al cielo. Para más inri, el enfoque de los medios de comunicación españoles ha sido siempre -y hoy más que nunca- contrario al normal desarrollo de una lengua milenaria que, solamente por interés cultural, debiera ser defendida. Los medios de prensa dependientes de la Iglesia católica son los principales atacantes de todo aquello que tiene que ver con la cultura y la idiosincrasia catalana, lengua incluida. Su menosprecio es no sólo insultante, sino que representa la impureza y el desecho de una manera de ver la religión. Basura. La COPE (para poner un ejemplo) es el anticristianismo total; viven del puro odio. Merecen el vacío de las iglesias que, actualmente, reflejan el hastío de la población. Asco.

Volviendo al bilingüismo. Yo me curro, todos los días, un crucigrama en castellano y otro en catalán. Leo libros en castellano y en catalán. La pregunta es: ¿Cuántos castellanohablantes, en Barcelona -que viven, sin problemas, con su “única” lengua española- pueden resolver (o intentarlo, al menos) un crucigrama en catalán? ¿Cuántos de ellos leen regularmente algún papel en catalán? ¿Cuántos miran alguna televisión en catalán? ¿Escuchan alguna emisora de radio catalana? Pocos, muy pocos, la verdad. Yo me trago, cada día, la prensa española (pura bazofia, en general) y sigo las noticias que -desde un prisma todavía franquista- lanzan sus agencias de comunicación.

El bilingüismo propuesto, sobre todo, por partidos políticos como PP o Ciudadanos (no cito a VOX que me parece hablar del “Maligno”) es una pura farsa que tiene, como último objetivo, acabar, de una vez por todas, con una cultura y una civilización con una dignidad específica de un altísimo valor universal.

Sobre los que piden (cuatro gatos mal contados) la españolización completa de la educación en Catalunya así como la derogación de la Ley de Normalización Lingüística, les digo que están por la labor de crear guetos sociales de una dimensión desconocida. Pero esto queda para otro día.

Los “bilingüistas” de pacotilla están haciendo un daño terrible.

No se enteran. O sí. O tienen muy mala leche. O las tres cosas.

¡Al infierno con ellos!

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