Teresa Ribera bailó ante sus fieles en el mitin de cierre de campaña de las Generales de 2023 (busquen en Google «Teresa Ribera cheerleader»), y esa imagen me acompaña. Cuenta González Férriz en El Confidencial que en 2021 la entrevistó. Imperaba aún el «consenso climático», es decir, la creencia indiscutida en un apocalipsis climático inminente al que todo lo demás debía subordinarse, sin preocuparnos del coste ni -en realidad- de la eficacia de las políticas adoptadas. Derivaba a su vez de una exitosa y agresiva ideologización del cambio climático por parte de la izquierda, y por eso no era tanto un consenso como un amedrentamiento de la derecha. Nadie se atrevía entonces a poner en duda que fuera buena idea que Europa, que aporta un 7% de las emisiones mundiales de CO2, encareciera su energía, aceptara depender de regímenes autoritarios para su obtención, y desmantelara su industria a favor de China, que emite el 31% y ya ha dicho que hasta 2060 o 2070 no quiere oír hablar de reducciones. En esos momentos ciertos partidos se atrevían a hablar incluso de «decrecimiento» como solución al calentamiento: defendían tranquilamente que había que arruinarse para evitar el desastre climático. En la entrevista Teresa Ribera no menciono la palabra decrecimiento, pero dijo que había que «redefinir la prosperidad», se fue por las ramas –llegó a citar a Kant y el imperativo categórico- y acabó diciendo que tal vez habría que resignarse a pasar una semana en un destino de calidad en vez de dos en un destino masificado. Es difícil entender cómo afecta esto al cambio climático, pero es fácil percatarse de que Teresa Ribera no se refería a las vacaciones de ella sino a las de usted; el decrecimiento bien entendido empieza por los demás. Con el calentamiento global el intervencionismo de la izquierda y su aversión a la economía de mercado volvían a emerger, tras sucesivos naufragios, con un nuevo disfraz ecológico.
Como siempre que se habla de estos asuntos por los que sobrevuela el anatema «negacionista» aclaro que el calentamiento existe, que -aunque no sabemos en qué medida- el sapiens contribuye a él por la emisión de CO2 (y el sapiens chino más), y que éste es un problema serio en un mar de problemas serios. Por eso desarrollar energías que requieran menos emisiones es muy importante, pero no es buena idea ponerse a correr como un pollo sin cabeza, especialmente cuando nuestros competidores no lo están haciendo. Sólo estos, y los políticos que enfocan el problema como una cuestión semirreligiosa, se benefician de este planteamiento apocalíptico y suicida. Porque, impulsado por los políticos interesados, el problema de las emisiones ha ido entrando en un terreno sagrado en el que ya valen las soluciones prácticas sino los conjuros verdes. Eso explica la aversión de Ribera (al menos en España, que en Europa le parece muy bien) a la energía nuclear, que no produce emisiones pero tampoco es «verde». «¿Por qué la Confederación Hidrográfica del Júcar no ha procedido a la limpieza del barranco del Poyo?» Esta pregunta fue formulada en 2020 por el grupo parlamentario de VOX en el Congreso al Ministerio de Ribera. Porque las obras de dragado y limpieza eran «manifiestamente incompatibles con los objetivos de conservación y protección de la naturaleza recogidos en la normativa vigente». En resumen la pregunta de los herejes «negacionistas» de VOX evidenció que había una cierta superstición verde que impedía hacer las adecuaciones y obras hidráulicas necesarias.
El pasado miércoles Teresa Ribera compareció en el Congreso, admitió la necesidad de estas obras, y echó la culpa de no haberlas hecho… a Rajoy; puesto que ella lleva seis años en el
Transición Ecológica esta estrategia de defensa presenta algunas fisuras. A las responsabilidades previas de su Ministerio hay que añadir las del momento de la catástrofe: todo parece indicar que a la Confederación Hidrográfica del Júcar, que tenía toda la atención puesta en la Presa de Forata, le pasó desapercibida la súbita crecida del Poyo. Todo esto no pretende exculpar las ausencias de Mazón, pero tenemos que extraer lecciones de la catástrofe y una ineludible es la necesidad de desideologizar el cambio climático: debe ser afrontado como un problema sujeto a análisis racional, y no como un generador de réditos electorales.
Teresa Ribera fue cabeza de lista del PSOE en las elecciones al Parlamento Europeo para «frenar el avance de la ultraderecha». «No pasarán», gritaba en los mítines. Perdió, renunció a tomar posesión del escaño en el Parlamento (tal vez para evitar las emisiones derivadas de los vuelos que tendría que haber tomado) y continuó como Vicepresidenta y Ministra en España. Ahora –ella no contempla para sí el decrecimiento- estaba dedicada a lo realmente importante, es decir, preparar su candidatura a la vicepresidencia de la Comisión Europea; para conseguirlo ha aceptado apoyar a los candidatos de Meloni e incluso de Orban. Lo malo no es que tantos políticos estén desprovistos de vocación de servicio a la comunidad: es que ya no lo disimulan.