Acaba uno de los peores años que recuerdo.
2021 ha sido el año del inicio y rápida expansión de las “vacunas” entre la población; el año del endeudamiento público desbocado; el del vergonzoso pasaporte Covid; el año del disparatado precio de la luz (y no ha pasado nada, no se ha hablado de pobreza energética como cuando estaba hace un par de años a menos de un tercio del precio más alto alcanzado); el año que, tras veinte años y grandes domingos de gloria para el F.C. Barcelona, se marchó Messi, como también lo hicieron por motivos diferentes el Kun Agüero o Pau Gasol. Desgraciadamente, también ha sido el año de la vuelta de los talibanes a Afganistán; el de la erupción del volcán de Cumbre Vieja; el de la marcha de Merkel; la llegada del Ómicron y el año de las cenas solitarias en Nochebuena y Nochevieja.
Pero, sobre todo, ha sido un año de retrocesos. Hemos ido hacia atrás en libertades individuales, a veces hasta límites nunca vistos. En particular, ha sido un año de retrocesos en cuanto a libertad de información y opinión.
Mientras las folclóricas contertulias de programas Paz Padilla y María del Monte se permiten hablar de las vacunas con total libertad, voces autorizadas son continuamente silenciadas. La experta Paz Padilla afirma que las vacunas no sirven para nada. La réplica se la ha dado otra grande: Belén Esteban.
Según humorista Paz Padilla, la razón de que no sirvan las vacunas es, cito textualmente: “porque la vacuna es la del bicho de Luján y el bicho ha mutado. Ahora tenemos la Onitrón. Ahora el bicho ya no entra por la puerta sino por la ventana y, claro, te meten la spider que es la de la ventana que ya no sirve contra la de la puerta”.
Este hecho quedaría en anécdota si los platós de muchas televisiones de España no estuvieran plagados de pseudo expertos informadores que juzgan y hasta sentencian sobre cualquier tema sin haber hecho un mínimo esfuerzo de documentación. Este es el nivel que tenemos.
Pero lo más preocupante es que, mientras opinan estas contertulias de programas del corazón, se está silenciando a expertos de verdad.
Estamos viviendo una dictadura informativa sin precedentes. El último caso ha sido la censura al coinventor de la técnica empleada en algunas de estas “vacunas”, es decir, el ARN mensajero al que se le supone conocimiento sobre el tema. Me estoy refiriendo a Robert Malone.
Tras las declaraciones del Dr. Malone, mencionadas recientemente en esta misma columna, recogidas también por mi compañero de sección, Gabriel Le Senne, en las que rechaza categóricamente la vacunación a los niños, lo último que hizo el Dr. Malone fue retuitear un estudio del Doctor Sucharit Bhakdi y el Dr. Arne Burkhardt. Tras este reenvío, Twitter suspendió su cuenta.
El estudio en cuestión arrojaba la siguiente conclusión: De 15 autopsias que han practicado esos doctores, 14 murieron por ataques al corazón provocados por las vacunas. La muestra analizada eligió entre cadáveres entre 28 y 95 años y sus muertes tuvieron lugar entre los últimos 6 meses y 7 días. Aun siendo resultados alarmantes que no se deben desoír y deberían animar a seguir investigando en esa línea, este estudio tiene, en mi opinión, importantes carencias a nivel estadístico. Esta muestra es muy baja para sacar conclusiones y, sobre todo, no se sabe qué criterio se siguió para la selección de esos cadáveres.
Guste o no lo que diga, el Dr. Malone es una voz autorizada para hablar de estas “vacunas”.
La censura no ha venido esta vez de un organismo público, como podría ser el Ministerio de la Verdad español (su orweliano nombre da cuenta de los tiempos que corren), creado también este año que acaba. La censura viene de una red social de primer nivel a nivel mundial como es Twitter. Esta red que ahora suspende al Dr. Malone, suspendió también la cuenta del Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, aun estando en el poder.
Los que son incómodos son censurados por Twitter. Si se pone en contexto, se puede entender quien puede ser incómodo para esta red social. Los propietarios de Twitter son los propietarios de casi todo ¿Adivinan quiénes? Los omnipresentes fondos Blackrock y Vanguard, es decir, los amos del mundo. Pueden consultarlo en Yahoo Finance.
Mientras las voces autorizadas estén controladas, va bien. En el momento que puedan ir en contra de los intereses de las élites, se les hace callar. Sobre esos intereses habría que indagar más. La Agenda 2030 muestra la punta del iceberg. Está todo en su página web o en el libro The Great Reset del presidente del Foro Económico Mundial.
Ya intuimos por qué callan las opiniones de los expertos díscolos, según ellos, y permiten que opine Paz Padilla, cuando el mensaje que dan es el similar: las vacunas no sirven o acarrean peligro. Una cosa es decir, como dice Paz Padilla, que el virus de Luján (Provincia de Buenos Aires) entra por la ventana con la variante Onitrón (¿?) por la que te meten la spider (se supone que se refiere a la proteína spike – espiga, en español) y otra es que nos preguntemos si “queremos que nuestros propios hijos sean parte del experimento médico más radical de la historia de la humanidad” o que estas inoculaciones tienen probabilidades de causar la muerte, como afirma el silenciado Dr. Malone.
De todos los pasos atrás dados en cuanto a libertades en 2021 (y no son pocos, ni poco importantes) el de la libertad de expresión es uno de los más evidentes.
Que el 2022 sea mejor para todos y para nuestros derechos. Conseguirlos, costaron esfuerzos y vidas a lo largo de los siglos a nuestros antepasados. Que tengan un feliz año nuevo y éste permita que los expertos puedan opinar sin ser censurados. Pero no caigan en el engaño, la palabra “expertos” es una de las más prostituidas estos días. Anden con ojo.