Domingos al sol

Los bancos de arena, como dunas móviles impulsadas por el viento, ocupaban todo el carril destinado al uso de ciclos, que bordea la playa de Palma a la altura del Molinar. Algunos los sorteaban recurriendo a la calzada, los más atrevidos trataban de superarlos como en una yincana, imprevista y peligrosa, desde el Club de Mar hasta Can Pastilla.

Fueron cientos, probablemente miles, los que aprovecharon la primaveral calidez del domingo de Pascua para salir a disfrutar del salitre yodado que se respira junto al mar y desentumecer los agarrotados músculos tras la hibernación. Tantos eran los practicantes que los espacios destinados al empleo de bicicletas y afines estaban colapsados, mezclando toda suerte de vehículos y usuarios.

Lo carriles bici se han convertido en un controvertido camino entre riesgos infinitos para quienes transitan y los que circulan alrededor. Bicicletas de paseo, patines eléctricos, familias vacacionando sin prisa, grupos de deportistas compitiendo con cuadros carbónicos de carrera, perros sueltos o sujetos por correas extensibles de 10 metros, patinadores con auriculares que ensordecen al vecino, vehículos de alquiler extraídos de una novela imaginada por Isaac Asimov, parejas distraídas por Cupido, niños de guardería y de padres embelesados, triciclos adaptados y hasta alguna silla tirada por un montón de caballos, coinciden en una calle reservada, estrecha y nada vigilada. Circular en paralelo, cruzarse de vía, ignorar las señales acústicas, exceder la velocidad máxima o invadir las áreas peatonales y viceversa son infracciones habituales, que provocan infinidad de altercados e incidentes de gravedad. Pero ni un solo policía, ni más señalización que la rotulación horizontal, que repintan cuando hay remanentes presupuestarios.

Pronto hará seis años que se aprobó en Palma la Ordenanza municipal reguladora de la movilidad de los ciclistas, que englobó aquellos aspectos de la Ordenanza de Circulación de 2001 que le eran asimilables. El Ayuntamiento, no sin discrepancias ciudadanas, apostó por el empleo de vehículos sostenibles y el transporte público, pero solo para la foto. Ni el equipo de gobierno consistorial de aquellas fechas, ni el actual, han asimilado que no basta con poner papeleras, sino que hay que mantenerlas y vaciarlas. Llenar Ciutat de pintura carmesí y aparentar sensibilidad ecologista no acaba con el compromiso electoral, sino que debe formar parte del ADN de una formación, que educa y prospera en esa condición. Si la sensibilidad medioambiental acaba en las infraestructuras, parece que no hay tanta diferencia entre los dos hemisferios políticos en este campo, aunque cada cual pueda tener sus preferencias. Si queremos ser el lugar que nos llenamos la boca de referir como modelo hace falta señalética, informadores, ‘displays’ multiidioma, ‘flyers’ en alojamientos y en zonas de recreo, que deben promoverse tanto como la prevención y las sanciones a quienes trasgreden las normas o pongan en peligro la convivencia pacífica.

Cuando la temporada avance y las playas se llenen de turistas, mezclados con los residentes que saben dónde viven, será un grave riesgo para la salud y nuestra imagen de idílico destino mediterráneo que Cort no tome cartas en el asunto, regulando mejor y controlando algo esa ciudad sin ley en la que se ha convertido el lugar donde no solo se agolpa una multitud en bicicleta o patines cada domingo al sol.

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