La fotografía más lejana de la Tierra tomada desde el espacio fue hecha por la sonda espacial Voyager 1, en febrero de 1990, cuando estaba a punto de abandonar el Sistema Solar. Esa última imagen de nuestro planeta fue tomada a 6.000 millones de kilómetros de distancia. Esa fotografía inspiraría unos pocos años después el libro «Un punto azul pálido», del gran científico, divulgador y escritor Carl Sagan. La elección del título no pudo ser más acertada, pues cuando uno contempla con detalle aquella imagen percibe con claridad que, efectivamente, apenas somos poco más que un diminuto «punto azul pálido» en la inmensidad del cosmos.
Estos días, me he acordado mucho de aquel libro y del vídeo que editó el propio Sagan con idéntico nombre, en el que también tomaba como base la mítica fotografía de la Voyager para reflexionar sobre el significado y el sentido de nuestro mundo. «Consideremos de nuevo ese punto. Eso es aquí, es nuestro hogar, somos nosotros. En él, todos los que amas, todos los que conoces, todos de quienes alguna vez has oído hablar, todos los seres humanos, fuesen quienes fueran, han vivido sus vidas», explicaba Sagan al inicio de dicho vídeo, recordándonos que la Tierra es «una mota de polvo, suspendida en un rayo de sol» o, en otro sentido, «un pequeño escenario, en una vasta arena cósmica».
A continuación, Sagan resumía brevemente la historia de la humanidad, con sus puntuales luces y sus persistentes sombras. «Nuestras posturas, nuestra imaginada importancia, la ilusión de que tenemos un lugar privilegiado en el universo son desafiadas por este pálido punto de luz», proseguía, para reiterar que «nuestro planeta es una mota solitaria en la gran envoltura de la oscuridad cósmica». En toda esa inmensidad, recalcaba, «no hay ningún indicio de que pueda venir ayuda de alguna otra parte para salvarnos de nosotros mismos». Para Sagan, todo ello subrayaba nuestra responsabilidad de «tratarnos con más amabilidad los unos a los otros» y de «preservar y cuidar» ese punto azul pálido, «el único hogar que hemos conocido».
Podríamos enlazar esas sabias palabras con otras que, en un contexto distinto, pronunció John F. Kennedy el 10 de junio de 1963. En uno de sus mejores discursos, el entonces presidente norteamericano habló sobre la búsqueda y la necesidad de la paz en el marco de la Guerra Fría. «La razón y el espíritu del hombre a menudo han resuelto lo que aparentemente no tiene solución, y creemos que pueden hacerlo de nuevo», afirmó Kennedy, quien fundamentó sus argumentos en una constatación irrebatible: «El vínculo más básico que tenemos es que todos vivimos en este pequeño planeta, todos respiramos el mismo aire, todos valoramos el futuro de nuestros hijos y todos somos mortales». Medio siglo después, tal vez nuestros miedos sean hoy otros, pero esas palabras —y las de Sagan— quizás sean hoy más esperanzadoras y proféticas que nunca.