Es posible que esas críticas de las personas que me conocen tengan un fondo de verdad, pues mi evolución fue siempre un poco más lenta de lo que se suele considerar habitual y normal en la transición de la infancia a la adolescencia. Quizás resulte suficiente poner ahora sólo dos ejemplos concretos. Con 14 años de edad, mientras la mayoría de mis amigos tenían ya su primera, su segunda o su tercera novia, yo estaba concentrado sobre todo en completar el álbum de cromos de «La Guerra de las Galaxias». Además, si la memoria no me falla, que ya me empieza a fallar un poco, creo que a esa edad aún dormía con mi ya algo deshilachado osito de peluche.
Con los años fui madurando poco a poco, hasta llegar al momento presente, en el que podríamos decir que soy ya un adulto hecho y derecho o como mínimo un «niño grande» responsable y sensato. En ese sentido, estoy seguro de que a partir de la próxima semana me seguiré portando bien y sólo saldré de casa para ir a comprar, como he hecho hasta ahora. Pero si en algún momento llegase a flojear un poco y tuviera la tentación de dar un pequeño paseo, para justificarme tomaría prestada una frase genial de «El amante del amor», una de las películas más melancólicas y tiernas de mi admirado François Truffaut.
La citada frase, que ahora desvelaré, se la decía el protagonista (Charles Denner) a una «canguro» que se había desplazado hasta su casa para cuidar al supuesto bebé que ella creía que habría en la vivienda en ese momento. Tras comprobar que no se encontraba allí ninguna criatura, la joven le preguntaba a Denner dónde estaba el niño, que sería exactamente lo mismo que me preguntaría ahora la Policía si a partir del próximo lunes me viera paseando solo por Palma. Mi respuesta sería entonces, muy probablemente, la misma que dio el bueno de Denner a aquella sorprendida joven: «El niño soy yo».