Dos formas tienen los bancos de mejorar su maltrecha rentabilidad: Subir ingresos o reducir costes. Lo de reducir costes, tienen claro cómo hacerlo: aprovechando sinergias mediante fusiones.
“El principal objetivo de las fusiones bancarias es despedir a personal”. Esta frase la escuché hace un tiempo a un conocedor de la banca como es Mario Conde. Y, visto lo visto, no le falta razón. Fusionando se ahorran costes de personal, el más elevado, pero además de alquileres y de estructura central.
Caixabank acaba de anunciar el mayor ERE de un banco español con 8.291 despidos (53% de la plantilla) y el cierre de 1.534 sucursales (27% de las que posee actualmente). Desde 2008 se han destruido casi cien mil empleos en la banca.
La banca argumenta que las principales amenazas que han provocado tales despidos son el uso extensivo de la banca online, acelerado por la pandemia, los bajos tipos de interés y la entrada de nuevos competidores como las fintech.
El uso cada vez más frecuente de la banca virtual por parte de la ciudadanía no es una causa para el cierre sino una bendición para obtener la deseada rentabilidad. La excusa perfecta para cerrar oficinas y sacar a gente a la calle sin, en principio, perder clientes. Solo es un cambio de canal de distribución de sus servicios. Es una Oportunidad dentro del análisis DAFO, no una Amenaza.
En la generación de ideas para mejorar la rentabilidad desde el lado de los ingresos, la banca se muestra menos creativa. Su principal herramienta ha sido un aumento masivo de comisiones que tanta repulsa genera entre los usuarios. Las de mantenimiento se han disparado y se han inventado la comisión por cobro por ventanilla. Cobrar por mantener un dinero en la cuenta que no deja de ser digital y no produce intereses o cobrar por disponer de tu propio dinero por ventanilla debería ser motivo suficiente para no volver a pisar una oficina bancaria.
Además de los trabajadores, los peor parados por las fusiones bancarias son los usuarios. Las colas interminables frente las sucursales, el desabastecimiento de servicios financieros en los pueblos y aldeas de nuestra geografía y el despido de las personas de confianza en las sucursales bancarias muestran un empeoramiento continuado del servicio ofrecido por la banca a sus usuarios.
Clientes descontentos con cada vez menos puntos de distribución y con precios y comisiones más elevadas muestran un panorama poco halagüeño para la banca. Además, la competencia empuja fuerte: no solo las fintech (bancos en forma de aplicaciones de smartphones) sino que no hay que subestimar las finanzas descentralizadas aparecidas en la blockchain, ofreciendo préstamos o depósitos con alta remuneración. A estas, ni siquiera las nombran. Ni las conocen.
Además, “papá” Banco de España abomina de las criptomonedas cuando podrían haber supuesto una oportunidad de aumentar ingresos de manera importante para su sector. Al igual que los bancos, en su día empezaron a hacer de brokers y permitieron la compraventa de acciones, podrían haber creado plataformas de compraventa de criptomonedas. Este negocio, aprovechado por otros, ha permitido la reciente salida a Bolsa y una valoración similar a la de American Express a Coinbase, que ha sabido ocupar un espacio repudiado por la banca.
Los bancos centrales con sus monedas digitales a la vuelta de la esquina, entregadas en billeteras directamente a los ciudadanos, van a restar, sin duda, protagonismo a la banca tradicional.
Reducir costes, cuando más de la mitad son de personal, supone paro y malestar. La rentabilidad de la banca debería hacer más énfasis en el aumento de ingresos y no por el lado del aumento de las comisiones. La disrupción tecnológica en el sistema financiero que supone la blockchain debería verse como una oportunidad por parte de la banca y no como una amenaza. Deutsche Bank o Goldman Sachs son ejemplos de rectificación ante el inicial rechazo a las criptomonedas.
Los que se han enfrentado a los cambios tecnológicos han acabado fracasando. También los que han tardado en sumarse. Recordemos la lección del fracaso de Nokia ante la aparición del iPhone o la de Kodak ante la de las cámaras digitales.