Hace unos días el alcalde de Palma, y con él todo el consistorio, tuvieron el gesto de decir que se habían equivocado en no declarar festivo San Sebastián. Fue un gesto modesto, aunque importante, porque, de un tiempo a esta parte, parece que los políticos lo pueden todo, por el simple hecho de que, efectivamente, lo pueden prometer todo. Y eso no es lo mismo.
Los políticos de primera línea son seres humanos sometidos a una dura competencia entre ellos. De ahí que para destacar intenten “autovenderse” como infalibles cuando, por supuesto, no lo son. Y por eso mismo, el público no debería considerarlos de ninguna manera así. Más bien, tendrían que observarlos con prevención –incluso con mucha prevención-, pues sus intereses personales generalmente no coinciden con los del bien común. De hecho, la separación de poderes, característica de las democracias liberales, se fundamenta en la lógica desconfianza que el público debe tener para quien ostenta cargos públicos. La redacción y aprobación de las Constituciones tiene la misma finalidad.
De hecho, son muchas las malas decisiones que se han tomado en los últimos años bajo la premisa de estar apoyadas en las opiniones de supuestos expertos, o por dirigentes que dicen contar con más información, que la población en general. Seguro que todos nos viene a la mente un buen número de ejemplos.
En este sentido, un público que tenga verdaderamente interiorizada la democracia tiene la oportunidad de demostrar su desconfianza hacia sus gobernantes procurando, con su voto, la alternancia en el poder. Esa es la forma más efectiva de minimizar las malas decisiones que, en caso contrario, acabarán tomando los políticos.
Sin esa actitud de desconfianza, poco a poco, la cantidad de poder que pueden llegar a acumular los dirigentes crece y crece, pudiendo llegar a evitar la mismísima alternancia. Esto es, a mi modo de ver, lo que ha pasado en Cataluña y en el País Vasco y que, ahora, están a punto de ocurrir en el resto del país.
El control de las televisiones y las radios, de los grandes diarios, del CIS, del INE, de la producción cinematográfica y de otras instituciones creadoras de opinión sólo puede ser contrarrestado con un cambio en el paradigma mental del votante medio. Ese cambio de paradigma pasa por ser conscientes de que soluciones a los problemas sociales no vendrán de la mano de ningún gobierno.
Sólo una sana desconfianza para con nuestros dirigentes públicos puede sustentar una auténtica democracia, atenta a preservar las potencialidades reales de la gente y, por tanto, que pueda contribuir a conseguir la anhelada justicia que procura la prosperidad individual y colectiva. En este sentido, aplaudir al político que es capaz de reconocer su error, en vez en encastillarse en la superioridad de su opinión reafirmada mediante equipos de columnistas a sueldo, es también, al mismo tiempo, denostar a todo aquel otro que engaña bajo la falsa máscara de estar investido de omnipoder.
Se me ocurren un montón de malas decisiones que convendría revertir, forzando a los políticos a reconocer sus errores. Muchas de ellas lo fueron, no por ser peores que sus potenciales las alternativas, sino por innecesarias. Por eso, lo primero y más fundamental es fomentar, entre el público, la autoestima necesaria para despertar sus propias capacidades que, a buen seguro, son mucho mayores que las de los propios gobiernos a la hora de solventar o mitigar sus problemas.
Como dice el presidente Milei, el político realmente honesto, y comprometido con el bien común, no debería ofrecerse para guiar corderos desde una posición de superioridad, sino que debería ofrecerse, humildemente, a despertar leones. Por supuesto, lo mismo deberían hacer maestros, columnistas y otros referentes sociales. Reconocer errores es un pequeño y modesto paso que, tal vez, tenga continuidad.