Me voy de vacaciones a ninguna parte que es, hoy en día, la mejor manera de irse de vacaciones en agosto. El calendario del año judicial me obliga a hacerlo así porque preferiría, la verdad sea dicha, irme en junio o en septiembre, pero esos meses y sus días son “hábiles” por lo que no nos queda otra que disfrutar del mes de agosto aunque se esté más fresco en el despacho que en la calle.
Agosto ya no es el mes que más me gusta del calendario, eso quiere decir, muy a mi pesar, que no tengo 15 años ni un verano de 3 meses por delante para disfrutar con la bici, la pandilla de amigos y mi abuela regañándome al regresar a casa rebozada como una croqueta de arena. Se ve que tampoco tengo 40 años y un largo mes por delante para disfrutar de no hacer nada viendo a mi hija mientras se reboza en la arena; y se ve que tampoco tengo 60 para disfrutar viendo a algún nieto o nieta en ese mismo menester culinario y playero a la vez. Se ve en definitiva, que estoy en esa edad extraña e intermedia en la que soy más espectador que protagonista de un verano azul.
Veraneo desde hace más de veinte años en el último espacio casi virgen que le queda a esta Isla, “salvaje” decimos por aquí, porque escribo este artículo a pocos días de colgar la toga hasta septiembre, en esa “botigueta” donde puedes comprar: una empanada de carne, el pan, un melón, el periódico, una lata de aceitunas, gel de baño, cerillas, un flotador, un peine, colhogar o una botella de lejía y además comerte enfrente del mar un bocadillo de auténtico trampó con lo que tu prefieras.
Son Serra de Marina se ha puesto de moda porque el tiempo acompaña. El cambio climatológico hace que este lugar de mar, normalmente enfurecido, se haya convertido, la mayoría de los días, en una inmensa piscina de azules y aquí los tenemos a ellos por todos lados (como diría Agustín el Casta): la mayoría alemanes y rusos buscando entre las rocas y con los pies descalzos esos caminos para llegar al agua que los aquí, con nuestros zapatos de goma de toda la vida, recorremos y conocemos como nuestra palma de la mano.
Eso no nos salva porque el segundo día, con los pies destrozados van y se compran los dichosos zapatos y además prueban las ensaimadas por primera vez en su vida para desayunar y es entonces cuando uno tiene la certeza de que, lo que está sucediendo en lugares como Es Trenc o el Cap de Formentor, acabará ocurriendo también aquí en pocos años.
pd: para los que me suelen leer hasta el final del artículo desearles un feliz verano porque voy a tomarme unas vacaciones a no ser que tenga morriña y acabe escribiendo en mi página de Linkedln