No soy amigo de las moscas. Ni tan solo, partidario. No me gustan, aunque yo les guste. No me caen bien.
Cuando puedo, las elimino. Y si no puedo eliminarlas, las mato.
Me parecen unos animales absurdos y no me producen ni la más mínima simpatía.
Y, además, las moscas, ¡son feas de cojones! ¡Y tontas del culo! (y disculpen estas expresiones soeces, ordinarias y groseras).
Son inútiles y disparatadas.
Ya sé que hay científicos que opinan que son necesarias para completar el círculo biológico y no se qué otras mandangas…¿Qué sabrán los biólogos de estas cosas?
Los ecosistemas seguirían tan panchos si no existieran las moscas. ¡Anda qué no!
Estas bestias ignorantes e iletradas me producen una repugnancia inequívoca, indescriptible. Sólo existe un adjetivo calificativo para describirlas: “asco” (un asco universal, planetario, eterno).
Lo siento…no puedo seguir. No me veo con ánimos para continuar.
Llevo toda la escritura de este artículo con una mosca 'cojonera' pegada a mi cutis y a mi cerebro.