Este país, al que solemos llamar España, está atravesando un momento sumamente delicado. De la noche a la mañana, aparece entre nosotros un virus que lo pone todo, o casi todo, patas arriba. Debo pensar -me obligo a ello- que este allanamiento de morada, de moradas todas, vamos, producido por el avasallamiento vírico sobre la humilde ciudadanía no es debido a la voluntad divina. No hay suficiente pecado en España como para que un dios que nos han vendido como bondadoso se ensañe con los carpetovetónicos dejándolos medio pasmados. No, no puede ser; y ya saben ustedes que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible.
Será casualidad o no, pero el caso es que junto con el remolino (o a causa de) producido por el famoso covid-19, la sociedad, así, en general, ha quedado alelada; más de lo acostumbrado. Y así resulta que los cimientos del estado han quedado tocados, de base, y profundamente meneados, lo cual ha puesto en evidencia la fragilidad de sus instituciones más representativas.
De hecho -y sin exagerar ni un pelo- el terremoto actual (de casi 10 en la escala de Richter) ha provocado que una parte importante de las estructuras estatales se estén contoneando por todas partes.
Desde la mismísima y regia monarquía (con un rey medio emérito en la picota por cuestiones pecuniarias, elefantes, amantes curiosas y con un exuberante huida a tierras arenosas... y un hijo en situación más que delicada por difíciles equilibrios de neutralidad) hasta el propio sistema judicial (con muchos magistrados de muy alto rango ya fuera del cronómetro sin que nadie sea capaz de una renovación indiscutible y vergonzosa), la imagen de solidez rigurosa de un estado de derecho se muestra, en estos momentos, quebrada y en una posición de gran debilidad.
Si a esto le añadimos un gobierno de coalición atemorizado por no perder votaciones y, para más inri, una oposición chillona pero ineficaz, que lucha por su supervivencia política entre los distintos matices del “y tu más a la derecha”, se puede vislumbrar un estado de pánico generalizado que no permite avanzar en ninguno de los campos de batalla.
El Congreso de los Diputados (sobre el Senado de los muertos vivientes no vale la pena comentar nada de enjundia) se ha transformado en un ring donde los titulares de prensa ganan, siempre, al razonamiento ideológico y práctico del control estrictamente parlamentario, Una pena. Y un país de desguace.
Pero vamos a darle a todo este circo una posibilidad de positivismo y a quitarle hierro al asunto: no todo huele a podrido en este país del sur de Bruselas. Alguna institución funciona y, además, de maravilla. Doy fe de ello y lo hago con mi propia experiencia personal.
En estos momentos tan críticos, existe una institución que no sólo aguanta y resiste los embates de la crisis (la económica también) sinó que demuestra su buen funcionamiento y su buen hacer ante el ciudadano de a pié. La eficacia de dicha institución es de matrícula de honor; sus funcionarios son gente amable, atenta, cuidadosa con tu labor y profesionales como la copa de un pino; o de un olmo (sin peras) si lo prefieren: se trata de la Oficina de Objetos Perdidos dependiente del Excelentísimo Ayuntamiento de Madrid.
Perdí mi maleta durante un recorrido en un taxi entre Atocha y Chamartín y, al cabo de unos pocos días -y con muy poca burocracia de por medio- la he podido recoger y volver a quererla como antes. El taxista, una bellísima persona -educada, culta y melómano de gran altura; y el personal de la oficina con un trato increiblemente agradable.
El Estado español debería tomar buena nota de cómo debe funcionar una institución sagrada.