A Álvaro Delgado Truyols, impulsor de este estreno.
La península de Crimea, perla de la corona del Imperio Ruso, goza de una situación geopolítica estratégica y soleado destino turístico, con millones de visitantes cada año.
Sede de dos ciudades legendarias: Yalta —sede de la conferencia que reunió a Churchill, Roosevelt y Stalin al final de la II Guerra Mundial— y Sebastopol —base principal de la flota rusa naval en el Mar Negro y única salida al Mediterráneo—Crimea ha sido el objeto del deseo de rusos y ucranianos a lo largo de la historia.
Desde 1774 hasta hace 60 años, perteneció a Rusia. En 1954, Nikita Kruschev —entonces primer secretario del Partido Comunista de la URSS— la traspasó a Ucrania, una más de las repúblicas soviéticas.
Esta transferencia entre repúblicas —entonces hermanas— se llevó a cabo a petición de Rusia, que no tenía acceso terrestre a la península, siendo abastecida de electricidad, agua, carreteras y vías férreas desde Ucrania.
La Federación Rusa recuperó Crimea en 2014, después de una invasión y anexión ilegales, seguidas de un referéndum ilícito, que no tuvo contestación internacional y resultó ser precursor de la invasión que Putin lanzó en febrero de este año.
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El líder ruso empezó hace ocho años a anexionarse suelo ucraniano. Crimea fue la conquista más fácil y donde el dispendio ha sido más criticado, pero si no se defiende bien, lo que el Kremlin deje abandonado ya no será equipamiento militar, sino sus propias tropas.
El puente de Kerch, el más largo de Europa, con una longitud de 19 kms, es la única conexión directa —por carretera y ferrocarril—que une Krasnodar (Rusia) con Crimea y simboliza la anexión de la joya del Mar Negro a la federación Rusa.
La construcción del puente respondía a la estrategia de Putin de anexionar Crimea físicamente, tras apropiarse ilegalmente del territorio en 2014. Encargó la construcción a Arkady Rotenberg, entrenador de judo, sparring y amigo de juventud de Putin y actualmente propietario del Grupo SGM y de Mostotrest, dos de los mayores contratistas de la construcción de Rusia.
Tras una inversión que rondó los 4.000 millones de dólares, en 2018 Putin inauguró el puente que pretendía simbolizar la propiedad rusa de Crimea. Y lo hizo liderando el convoy de camiones que avanzaban tocando el claxon, adornados con la bandera rusa.
La considerada “construcción del siglo” ha sido enlace de transporte clave para llevar equipo militar a los soldados rusos que luchan en Ucrania, especialmente en el sur, así como para transportar y reabastecer a sus tropas allí.
Desde el comienzo de la operación militar especial, la península de Crimea ha sido utilizada por las fuerzas rusas, como una importante base de operaciones, de la que se ha servido —a lo largo de la guerra— para bombardear, repetidamente, infraestructuras civiles ucranianas, como estaciones de ferrocarril, bloques de viviendas, hospitales, escuelas y teatros.
El pasado mes de agosto, Ucrania llevó a cabo un sorprendente ataque a la base militar de Saky (Crimea). Las imágenes de satélite mostraron que las explosiones destruyeron al menos ocho aviones, con varios cráteres visibles. La mayoría de las aeronaves —dañadas o destruidas— se encontraban en una zona específica de la base en la que un gran número de aviones estaban aparcados al aire libre, lejos de la cobertura de los hangares.
La inteligencia occidental evaluó que la incursión dejó fuera de servicio a más de la mitad de los aviones de combate de la aviación naval de la flota del Mar Negro.
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La propaganda rusa mientras, hace apenas unos meses, amenazaba con duras represalias si el puente era atacado, esparcía la idea de que el odiado símbolo de la ocupación, proyecto de prestigio de Vladimir Putin y enlace logístico vital para el ejército ruso —al estar protegido por capas impenetrables de defensas, que iban desde delfines militares hasta los últimos sistemas de armamento— era impermeable a los ataques.
Otro error de cálculo, agravado al haberse producido en el momento más difícil para Putin desde que inició la invasión de Ucrania. Y para colmo de males, un 'regalo' inflamado, coincidiendo con su setenta cumpleaños.
Sobre las 6 de la mañana, pudo oírse una explosión que se produjo mientras un tren cruzaba el puente. Las imágenes de vídeo, tomadas desde el tramo de carretera, mostraban —a lo largo del tren parado en el puente— varios camiones ferroviarios en llamas.
Ingenioso sabotaje de la infraestructura más importante de Rusia en sus territorios ocupados, como principal línea de suministro de las tropas invasoras en el sur de Ucrania. Pero el mayor significado de este ataque no deja de ser su carga simbólica.
En el ataque se habría usado un camión de fertilizantes contratado online. El camionero parece que fue utilizado, es decir, no tenía conocimiento del embate planeado. Según medios rusos, el vehículo habría sido inspeccionado visualmente antes de entrar en el puente, pero no se habrían usado rayos X. Una chapuza más para añadir a la cuenta.
El destrozo no detiene el reabastecimiento a Crimea ya que además de barcos hay una ruta a través de Melitopol, pero el daño ferroviario deja a las fuerzas rusas en el sur con una única línea de suministro ferroviario —entre Krasnodar y Melitopol— ahora al alcance de los HIMARS ucranianos
Antes de comenzar la reparación del puente, más allá de los daños pendientes de calcular, el atentado supone un duro golpe para el prestigio militar ruso y sus cadenas de suministro para la defensa de Crimea.
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Ucrania ha hecho caso omiso a una reliquia soviética —la doctrina de soberanía limitada— y ha demostrado que puede atacar en todas partes e inquietar a la población. Las autoridades de Crimea no lograron tranquilizar a los ciudadanos de la península que —en cuanto se supo que una parte del puente había saltado por los aires — iintensificaron el acopio de gasolina y alimentos, por miedo al desabastecimiento.
Rusia había asumido durante meses que Crimea —-incluido el puente de Kerch— estaba más allá de la capacidad de ataque de las fuerzas ucranianas. Otro error de cálculo del Kremlin, pues el daño causado supone un grave revés logístico a Moscú.
En 2014, regalando a los rusos un 'paraíso templado', convertido ahora en “apéndice humeante de un campo de batalla”, Putin se rescató a sí mismo. El golpe, por tanto, es psicológico y el daño está hecho: el activo militar clave no es seguro y no lo será.
La duda es cómo responderá Rusia a esta humillación. La conjetura nuclear es más glamurosa para la conjetura, pero atención a los atentados en los gasoductos, aviso a navegantes sobre el daño que se puede causar, susceptible de afectar a la inmensa red de conexiones submarinas que nos aprovisionan de energía o sostienen Internet.
De momento, horas después de la explosión del puente, el Kremlin nombró nuevo comandante único, el general Sergei Surovikin —con fama de crueldad y corrupción en Siria y Chechenia— para supervisar sus desfallecientes fuerzas, a la espera de que lleguen los movilizados.
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Han sido siete meses de destrucción diaria de ciudades ucranianas en el marco de la Operación Militar Especial y ahora Moscú pone el grito en el cielo, por el ataque al puente que se utilizaba para traer suministros con los que matar a ciudadanos ucranianos.
Ucrania mira para otro lado y no reivindica el atentado, si bien el principal asesor de Zelenski ha dicho “esto es el comienzo, todo lo ilegal debe ser destruido”.
El parlamento ucraniano no ha podido contenerse y ha tuiteado una foto del puente, junto a un emoji de corazón, con estas palabras: "@Crimea, tanto tiempo sin vernos".
Luis Sánchez-Merlo