La corrida del Armadans

Va para dos años sin pasar en un avión más de dos horas seguidas. Echamos de menos los viajes que nos transportan la mente más lejos que el cuerpo. Para compensar hemos leído más, que es otra manera de viajar, y hemos practicado el senderismo urbano, que durante meses fue el único permitido. Caminar por Palma es una experiencia necesaria para comprobar el nivel de degradación que puede alcanzar en pocos años una de las ciudades de tamaño medio más visitadas de Europa.

La proliferación de grafitis ha convertido Palma en un Bronx de provincias. Sus autores son cerdos invisibles, indetectables por una cámara, por una patrulla policial o por sus familias cuando son menores o dependientes económicamente de sus padres. El actual gobierno municipal prometió centrar sus esfuerzos en equiparar los barrios de la periferia a los del centro para construir una ciudad más cohesionada, y nadie puede discutir que está logrando un éxito rotundo: todo luce igual de guarro.

Si no les seduce la réplica palmesana del barrio más bronco de Nueva York alcen un poco más la vista sobre las fachadas y observen los manojos desordenados de cables que adornan muchas de ellas. La imagen de esas hidras de filamentos negros creciendo salvajes en las paredes te llevan a Katmandú sin necesidad de volar. No les hablo del poblado marginal que funciona como un MacAuto de la droga, sino de una arteria principal que conecta el centro de la ciudad con el barrio residencial de Son Armadans.

Allí se ubica el hotel Armadans, cuyo propietario ha cedido su fachada al artista José Luis Mesas para pintar un mural. Pero el ayuntamiento de los grafitis, las papeleras rebosantes y las calles pegajosas se ha puesto estupendo y les obliga a retirarlo con una excusa absurda sobre una licencia. Como si al dejar pasar esto mañana todo dios fuera a pintar sus paredes con monigotes, justo los que Cort no limpia de fachadas ajenas.

Es gracioso que se cuestione el valor artístico del trabajo de Mesas por los mismos pijoprogres que han cedido museos y espacios públicos para exponer cualquier bodrio autodefinido como arte conceptual. El genio de Duchamp abrió la puerta hace un siglo y por ahí se colaron un montón de jetas empujados por listos con ganas de forrarse. Ya dijo Andy Warhol que “un buen negocio es la mejor forma de arte posible”.

Damien Hirst es el artista más rico del mundo, y lo ha logrado proclamando que pertenece a una generación que “nunca tuvo ningún rubor en robar ideas de otros”. No le ha ido mal a este copión. Observo los dibujos infantiloides del mural de Mesas y presiento que también ha robado algo. O por mejor decir, quizá se haya inspirado en los grabados kitsch de Takashi Murakami, el artista-empresario japonés cuya obra reivindica la cultura pop de su país, como antes Warhol o Lichtenstein reivindicaron la de Estados Unidos.

El arte callejero se expande por el mundo con más o menos gusto desde Varsovia hasta Perth, de Burdeos a San Francisco. La mayoría de estos murales icónicos aparecen en fachadas laterales desnudas, en naves industriales, en favelas o en edificios abandonados. Mesas y Jaime España, el propietario del hotel Armadans, han tenido la osadía de plantar la obra en un entorno no degradado, sin solares vacíos donde los murales hacen de empaste en el agujero que deja la demolición. Y el Ayuntamiento dice que no, como si Palma fuera Montecarlo cuando más bien comienza a parecerse a Beirut.

Me gustaría comprobar este celo reglamentario de Cort contra unos monigotes pintados en un casal de barri, o en un edificio okupado. En el siglo XXI se ha intensificado el binomio arte-empresa, pero aquí tenía que aparecer por medio un hotelero, lo peor del gremio. Podría ser un joven emprendedor vestido con jersey negro de Antonio Miró, pero resulta que Jaime España luce chaqueta clásica y arrastra apellido de rancio abolengo, lo que viene siendo un butifarra mallorquín de toda la vida. Y aún peor, el artista podía ser un felanitxer pata negra, pero es gitano. Un cúmulo de casualidades desgraciadas.

El mural de Mesas no es la Capilla Sixtina, ni aspira a serlo, pero nos haría detenernos, sonreír y sacar fotos paseando por una calle de Rotterdam, Montreal o Stavanger. Los responsables municipales de Palma, sin consultar a nadie, pintan horrendas margaritas en el graderío de un parque público, o sea de todos, y hay que aguantar esa horterada naif. Pero un empresario decide apostar por el arte alternativo en su casa y se activan los resortes coactivos de la administración. En realidad lo que parece molestar aquí es que cubra la fachada de un hotel, o sea, de un negocio rentable, y no un pedazo de pared mugrienta.

Murakami no se avergüenza de presentar su obra como pura mercancía. Menos mal que Mesas no decidió imitar una de las obras más famosas y cotizadas del japonés. Mi cowboy solitario se vendió en 2008 por trece millones y medio de dólares, y representa un personaje de cómic en mitad de una apoteósica masturbación, con un gigantesco chorro de esperma blanco elevándose sobre su cabeza en forma de lazo de rodeo. A eso llamo yo un impacto visual excesivo, y no a lo del hotel Armadans.

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