El proyecto de tranvía se ha convertido en la principal apuesta de futuro para Palma de los actuales gobernantes, desde Cort al Govern pasando por el Ministerio de Transportes, cuya titular, Raquel Sánchez, firmó el pertinente protocolo en la capital balear hace unos días. El proyecto, debatido y aplazado durante años, se ha relanzado ahora con la idea de construir un primer tramo entre Plaza de España y el aeropuerto que estaría operativo en 2027.
Los trabajos suponen una inversión de 240 millones -material móvil aparte-, de los que una partida de 20 millones ya está incluida en los Presupuestos Generales del Estado de 2023. El primer tramo prevé 16 paradas en un trayecto de 10,5 kilómetros que pasará por barrios como Nou Llevant, El Molinar o Can Pastilla. El proyecto se encuentra actualmente en proceso de información pública y ya ha provocado numerosas dudas y críticas.
El Trambadia -nombre con el que se ha bautizado el proyecto- persigue mejorar la movilidad de Palma en las zonas por las que discurrirá, pero lo hace suprimiendo carriles para autobuses y coches en las Avenidas, construyendo pasos elevados en medio de la ciudad o instalando catenarias eléctricas junto a los balcones en algunas partes del trazado. Su impacto y su consumo de territorio, por tanto, no son pequeños, por lo que convendría repensar el proyecto y analizar posibles alternativas.
En todo caso, una idea para mejorar las conexiones en la capital balear como la planteada debe contar con todos los informes técnicos a favor y ser consensuada con cuantos más agentes, mejor. Algunos de estos han señalado la oportunidad de que -una vez desatascadas inversiones estatales para la movilidad de Palma- estas inversiones se empleen para electrificar toda la flota de autobuses, que permiten más frecuencias y menor tiempo de trayecto; otros plantean que se extienda la red de metro, que no consume territorio, no interfiere con otros transportes y es más rápido.
Sea como fuere, es necesario que, a la hora de poner en marcha un proyecto de tal calado, prevalezca el diálogo y se escuchen todas las voces, desde los vecinos a los técnicos de movilidad, los ingenieros, los urbanistas y, obviamente, al conjunto de las fuerzas políticas, porque proyectos a tan largo plazo es normal que sean ejecutados por formaciones de distinto signo. Para llevarlo adelante, todo el mundo debe estar de acuerdo.
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