Hace un par de semanas me dio tiempo a pasear un rato por el centro de Madrid. Fue una tarde de un día laborable, y contemplé un espectáculo insólito de energía y buen rollo en sus calles. Debo aclarar que mis mejores amigos de Barcelona comparten esta impresión cuando viajan a la capital. También Gerard Piqué, que no es mi amigo, y Gabriel Rufián, que tampoco lo es y luchó lo indecible en su partido por continuar en el Congreso de los Diputados y no ser candidato a alcalde de Santa Coloma de Gramanet. Y mira que es una ciudad bonita y con posibilidades Santa Coloma.
La efervescencia anímica de Madrid se está traduciendo en un crecimiento económico imparable. En un país de Pymes y autónomos que se concentran en el sector servicios ese crecimiento supone que, además de Rafael del Pino y Alicia Koplowitz, miles de personas mantienen o mejoran su nivel de vida en unos momentos especialmente complicados en otras regiones de España. Esta es una realidad difícil de enfrentar en las urnas.
El viernes pasado este digital organizó sus Encuentros Informativos con la presencia del alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, que habló sobre “El valor del turismo en una gran ciudad”. Lo hizo sin pedir perdón ni sentir vergüenza por apoyar sin fisuras un sector productivo clave en nuestro país, y explicando su efecto dinamizador sobre el resto de la economía y la cadena de valor que genera.
Almeida parece una ametralladora cuando habla, pero lo que impresiona no es la velocidad a la que salen sus palabras sino la cantidad de ideas coherentes que es capaz de trasladar a la audiencia en poco tiempo. El editor de mallorcadiario, Antoni Martorell, se lo reprochó después entre risas al comenzar el coloquio que mantuvo con él. Almeida hizo amago de ponerse serio y explicó que hace unos años, en su primera comparecencia ante la Asamblea de Madrid como director general de la Comunidad, el presidente lo tuvo que detener para comunicarle que las taquígrafas presentes en la sesión habían manifestado su queja porque se veían incapaces de transcribir a tiempo su discurso. Inteligencia y humor suelen resultar una combinación imbatible.
Almeida lleva cuatro años ejecutando un proyecto de ciudad que ha situado a Madrid como cuarto destino urbano mundial, sólo por detrás de Londres, París y Dubai. Su equipo de gobierno se preguntó por qué un turista quiere viajar a Madrid, y se ha afanado en lograr la excelencia en ese producto. Los motivos son: en primer lugar, el ocio y la cultura. Y en segundo lugar, la restauración. La hostelería madrileña es un fenómeno extraordinario que despierta admiración en todo el mundo. En realidad… en todo el mundo no.
Hay que ser muy torpe para mofarte de una economía “tabernaria” que sustenta a miles de familias y provoca un estado de ebullición en la ciudad que atrae inversión y talento de sectores que nada tienen que ver con el turismo. Ayuso sigue agradecida por aquel error garrafal de la oposición en las pasadas elecciones autonómicas, y aquellos discursos turismofóbicos han desaparecido de los argumentarios de la izquierda en esta pre-campaña electoral.
A Almeida no se lo pondrán tan fácil sus adversarios políticos, entre otras cosas porque su idea del buen gobierno pasa por “la capacidad para armar consensos”. Así lo ha hecho, por ejemplo, con la ordenanza municipal de terrazas, al poner de acuerdo a vecinos, hosteleros y partidos políticos. Igualito que José Hila en Palma, que ha dedicado sus dos legislaturas como alcalde a gobernar para minorías, o a dejarse gobernar por ellas. Supongo que por esto, entre otras cosas, todas las encuestas electorales lo colocan fuera de Cort en un par de meses.
Hablamos de capacidad de gestión y de tener claro un proyecto de ciudad a desarrollar más allá de lo que dura una legislatura. Eso exige liderazgo y diálogo, pero Almeida deslizó una idea clave para el éxito de esa misión: “es la política la que forma parte de la sociedad, y no al revés”. Lo políticos no deben decidir por la sociedad, sino con la sociedad. Hay que descender de la atalaya de la superioridad moral y dejar de decirle a la gente cómo y de qué tiene que vivir, o qué negocio debe montar, porque en el fondo eso no supone otra cosa que desconfiar de los ciudadanos en general, y de los empresarios en particular. Jaime Martínez escuchaba atento en primera fila.