No creo que estemos preparados para comprender la magnitud de lo que nos viene encima, sobre todo en Baleares.
Coetáneamente a la segunda oleada de contagios de COVID-19, las cifras que se anuncian en materia económica indican que vamos a caer en una crisis tan profunda que sólo es equiparable a una situación post-bélica. Un tercio de la población estará en situación de desempleo -y en muchos casos sin posibilidad de prestación-, un cuarenta por ciento de los comercios cerrará (como se informaba este domingo en mallorcadiario.com), y casi la mitad de la población rozará o estará por debajo del umbral de la pobreza. Ahí es nada.
Ante una situación socioeconómica de este calibre, las consecuencias son de fácil previsión para el más ignorante de los humanos. El hambre, la miseria, los robos y saqueos, los desahucios, la indigencia, los cortes de suministros, y las renuncias a servicios básicos y a placeres, van a ser una estampa desgraciadamente habitual en los próximos años, una situación durísima que no nos hubiéramos imaginado hace ocho meses y medio cuando estábamos tomando las uvas para entrar en un año que se antojaba redondo por sus cifras.
Con todo ello, las crisis tienen un factor que las unifica, y es la falta de confianza. En estos momentos en que el SARS-CoV-2 vuelve a campar a sus anchas, absolutamente nadie ni nada nos está insuflando confianza. Todo lo que escuchamos y leemos es el anuncio y provocación del desastre más absoluto. Uno se gira alrededor y no encuentra nada a lo que agarrarse, hablando en términos crematísticos. Quizás la llegada de una vacuna en el lejanísimo julio de 2021 cuando estemos totalmente dentro del pozo y que no salvará el próximo año de un nuevo desastre.
Quien tenga la extraordinaria suerte de poder conservar su trabajo es consciente que lo van a crujir a impuestos para subsidiar a quien no ha tenido tanta suerte, quien está en nómina teme que en cualquier momento le llegue un descuelgue salarial o ERE que lo dejará en situación también dramática, y aquel que sobrevive como autónomo ya sabe que tendrá que dedicar la mayor parte de su tiempo a perseguir a los deudores, puesto que va a ser más difícil cobrar de los clientes.
Ante esta situación que todos vislumbramos ¿Alguna acción gubernativa que nos haga ser mínimamente optimistas? Nada. Si no se salvó el veto del Reino Unido al turismo en Baleares, ¿Nos vamos a creer que se restablecerá la situación con Alemania pronto?