Así como me enamoré de la literatura de Umberto Eco por “En nombre de la rosa”, la novela que Jean Jackes Annaud elevó magistralmente al séptimo arte, el semiólogo italiano me aburrió hasta lo indecible en “El péndulo de Foucault”, su gran crítica al esoterismo, que a punto estuvo de conseguir que me bajar al quiosco a comprar un tebeo. Esta referencia al descubrimiento que probó la rotación de la tierra, con un elemento esférico que podía oscilar libremente en cualquier plano vertical, es sólo para rebatir al físico galo porque los humanos hemos conseguido que la alternancia no sea duradera, sino permanente.
No hace mucho que reflexionaba con alguien sobre lo perecedero que resulta en los últimos tiempos mantener una tesis, aunque sea elemental. No hay nada que no se cuestione, incluso que se desprecie, sin haber llegado siquiera a verificar sus posibilidades de éxito. Andamos dando bandazos, como un ciego antes de que la ONCE les devolviera la autoestima. Como el socialismo no colmó las expectativas de los jóvenes que buscaban arena de la playa bajo los adoquines de las calles parisinas, nos arrojamos en brazos de la economía de mercado en la que se enriquecieron los mismos revolucionarios de antaño. Ahora que hemos esquilmado las reservas y no hay bancos de peces con los que alimentar a todos, sin la multiplicativa intercesión divina, volvemos la mirada a las hormigas para que satisfagan el apetito de la pródiga cigarra. Lo peor es que no evaluamos con serenidad los motivos del fracaso, sino que invertimos el sentido del rumbo como si en las antípodas fuera el único lugar donde pudiéramos llenar los huecos que nos faltan.
En la búsqueda del bienestar, del amor soñado, del lugar donde habitar o del deporte que nos ayude a realizarnos somos rehenes de nuestro desconcierto, por lo que nos adocenamos a las corrientes en boga para no sentirnos perdidos y solitarios, rebotando como en un campo magnético inestable, donde vamos alternando entre héroes y villanos, casi sin inmutarnos. Somos como la más concurrida atracción de feria, con la música estruendosa silenciando los vehículos que tropiezan para cambiar de dirección, pero con la diferencia de que a nosotros no nos envuelve una protección neumática. La apostasía no es la solución a los escándalos de algún pederasta del que se avergonzara la iglesia católica, ni la autodefensa feminista o la castración son el remedio a la violencia machista. No es lógico que abramos en canal las dos Españas, que debamos impostar una delirante historia para lograr convertirnos en la tendencia de moda o que sólo pueda apagarse la frustración con un cóctel de alcohol y drogas. Nadie en su sano juicio puede concebir que los dilemas en la vida sólo permiten optar entre la calvicie o las siete pelucas, como si no hubiera capacidad para localizar una tercera vía.
Da la impresión de que cada vez radicalizamos más las posturas, alejándose de nuestras vidas la moderación y el sentido común, que hacen agradable la convivencia y despiertan la esperanza. En los prolegómenos de una imprevisible campaña electoral y en vísperas de la Navidad, ojala que las luces que desde hoy iluminará nuestras calles y plazas nos alumbren para que recuperemos la cordura y miremos al futuro sin fijarnos tanto en el retrovisor, para hacerlo sólo con la brújula orientada a puerto, sin hacer caso a los cantos de sirena.