"Antonio Alemany, el patricio que no temía a nadie"

antonio alemany

Joan Font Rosselló (10 de mayo 2020)

El pasado domingo 3 de mayo moría Antonio Alemany Dezcallar en el Hospital General de Palma, víctima de la enfermedad del olvido. La historia del periodismo y de la política balear hubiera sido muy distinta sin la aportación de Alemany, el periodista más relevante que ha producido esta tierra en cuarenta años. Con apenas treinta años ya era consejero delegado del Diario de Mallorca antes de convertirse en su director más celebrado tras imprimir un giro copernicano a la línea editorial del rotativo y convertirlo en un referente nacional en la defensa de las libertades en los estertores del franquismo. Tras un paso efímero por la Gaceta de Baleares en 2011, Alemany no colaboraría más con la prensa escrita balear a la que había consagrado cuarenta años, inmerso ya en su defensa de la cacería judicial emprendida por algunos jueces y fiscales jaleados por ciertos periodistas que se la tenían jurada desde hacía mucho tiempo. Alemany sufriría en sus carnes la caída al abismo que suponen siempre los juicios paralelos cuando se confabulan una Justicia politizada y ciertos correveidiles de sumarios judiciales.

Con todo, lo más duro debió ser que le dieran la espalda quienes más cosas le tenían que agradecer: “sus dos” periódicos y los dirigentes del Partido Popular, empezando por José Ramón Bauzá que tuvo la desfachatez de personarse como acusación particular en la causa penal de los discursos de Jaime Matas –un bluf que quedó en nada tras pasar por el Supremo– y terminando por Mariano Rajoy que le negó el indulto tras ser condenado a dos años y tres meses de prisión, no por hacer ningún discurso ni recibir ninguna subvención como todavía algunos avientan, sino por no haberse podido justificar documentalmente un trabajo de deportes por el que su despacho había cobrado 12.000 euros.

Un final amargo para la trayectoria de un gran profesional y un intelectual balear único que a lo largo de varias décadas puso todo su esfuerzo, toda su inteligencia, toda su sagacidad y parte de su propio patrimonio personal y familiar en incontables proyectos editoriales y cívicos para defender la libertad y los principios demoliberales en los que creía. Su irreverente pluma se deleitaba en desenmascarar las supercherías de algunos, los paraísos perdidos de la Mallorca preturística o los discursos del resentimiento que ya moldeaban a la nueva izquierda.

Alemany, como han dicho otros, no se conformó con ser un mero periodista, fue algo más: durante décadas fue prácticamente la única y principal referencia de la derecha liberal-conservadora inteligente y culta de Baleares. Y, naturalmente, el más influyente de los periodistas entre la clase política balear. Desde los múltiples proyectos en los que participó, fruto de su gran inquietud, de su contagioso optimismo y de su granítico compromiso cívico con un discurso liberal que se nutría del mejor acervo intelectual de Occidente, Alemany no se cansó de esparcir, en cada uno de sus artículos, editoriales, polémicas y pullas dialécticas, las semillas de la libertad. Todos los amigos de la libertad le debemos un merecido tributo a quien podríamos calificar como nuestro “maître à penser”, este tipo de intelectuales que, como se decía de Raymond Aron o de Jean-François Revel, fijaban los temas de debate, al menos aquí en Baleares, sobre los que el resto de la “intelligentsia” tenía que pronunciarse obligatoriamente si querían tomar el pulso a la actualidad. Ejerció el liderazgo entre los círculos liberales de las Islas y puso en contacto a personas que compartíamos el mismo modelo de sociedad a las que sin su concurso probablemente nunca hubiéramos conocido.

Los artículos de Alemany no dejaban indiferente a nadie. Con un estilo muy personal, incisivo –detestaba las alusiones sin citar– y yendo siempre al grano, era un periodista de raza querido y odiado a partes iguales, sobre todo entre los nuevos clérigos de la progresía que le veían como una amenaza a su hegemonía cultural y entre sus compañeros de profesión que no se libraban de sus dardos -siempre me trasladó la necesidad de hacer un “antiperiódico” para defenderse de los periodistas con quienes nunca se sintió unido por ningún lazo corporativo-. No vayan a pensar que fuera un antisistema que liderara las falanges del nihilismo, como otros; al contrario, siempre puso su indudable cultura, sus considerables lecturas y su destreza como escritor al servicio de sus ideas y convicciones liberales que siempre consideró superiores a otras que ya entonces, como ahora, estaban más de moda. Nunca reconoció ninguna superioridad moral de la izquierda y menos lecciones que vinieran del catalanismo “reptante y rampante” al que siempre combatió pese a su indudable avance entre las élites periodísticas, culturales y universitarias.

Su iniciativa, su resistencia, su optimismo y su coraje fueron simplemente admirables. Nunca le faltó iniciativa para emprender proyectos uno tras otro; nunca se rindió, hasta el último momento confió en que la Justicia le absolvería; nunca se quejó, ni siquiera a las puertas de la muerte; y nunca dejó una polémica o un debate para el día siguiente. Era, como él mismo confesaba, “baralladís” pese a los costes que ello comportaba. Desde su independencia, un fiero individualismo y una gran confianza en sí mismo, nunca se casó con nadie, ni con “sus” periódicos –que abandonó cuando creyó que tomaban una orientación distinta a la debida–, ni con un partido, ni con un político. Criticó al PP cuando creyó que se desviaba de sus principios, se puso de lado de Carlos Delgado frente a Jaime Matas y todo el PP cuando se destapó el escándalo de Son Massot, criticó al director del periódico en el que trabajaba de jefe de opinión –abandonando el puesto como resultado de la disputa– por la refriega en la polémica contratación del hospital de Son Espases. Algunos, sin embargo, siguen propagando la especie de “periodista de cámara” de Matas por “haberle hecho los discursos”, como si todos los consejeros aúlicos no hicieran lo mismo y como si ser asesor de un político significara uncirse a él de por vida, algo imposible para un carácter indomable como el suyo que presumía de haber sido ser testigo privilegiado de la irrupción… y defunción… de tantas carreras políticas.

Pese a las presiones y amenazas que una persona de su nivel y posición tuvo que soportar, nunca sucumbió a ellas, tampoco a las amenazas de muerte que sufrió en su etapa de director en el Diario de Barcelona por parte de los Grapo, obligándole a llevar escolta durante un año. Por contraproducente que fuera para su suerte judicial, tampoco se amilanó ante el fiscal Horrach y el juez Castro, defendiendo su inocencia a capa y espada desde los medios en una actitud tan temeraria como inaudita. En uno de sus artículos, “El coste de no ser catalanista” (3-9-2000, El Mundo-El Día de Baleares), repasaba los costes de su rabiosa independencia y de no haber abdicado frente al catalanismo triunfante. «Pero, por una vez y sin que sirva de precedente -escribía Alemany en su inconfundible prosa-, sí quiero aducir mi testimonio personal como ejemplo de los costes y los sufrimientos que ha supuesto y está suponiendo el hecho de no ser catalanista y sí mallorquín, español, defensor de la libertad y de las libertades y del derecho a poder expresarme libremente sin por ello tener que sufrir insultos, contra mí y mi familia, por denunciar los comportamientos, ideologías y posicionamientos políticos que subordinan los derechos y libertades de las personas a entes abstractos, llámense nación, lengua o cualquier otra creación de estas mentes enloquecidas. Mi caso no es único, pero tampoco corriente: por desgracia, somos pocos los que damos la cara. De ahí que sirva para ejemplificar lo que nos pasa a un puñado de mallorquines por defender lo que piensan la inmensa mayoría de nuestros compatriotas. A mí me han dicho de todo: fascista, ultraderechista, anticatalán, fracasado en la política y en el periodismo, partidario de hablar el mallorquín sólo con las criadas, “botifarra”, señorito, lechuguino, resentido, “españolista”, “emmederdeur”, “puput de cresta molla”, traidor a mi tierra (Cataluña, para ellos, no es Mallorca), a mis apellidos y a mi historia familiar. He sido tema monográfico de revistas-panfleto y me han dedicado un libro entero que un Instituto de Enseñanza Media tiene como libro de texto en catalán. Se han metido con mi padre porque murió en el frente ruso, con la División Azul. Me han amenazado por teléfono y han amenazado a mi mujer. He recibido misivas anónimas. Han escrito cartas a los anunciantes de la revista Illes-press (..) para que retiraran la publicidad y –algunos asustados– la retiraron. ¿Por qué tanto odio y por qué tamaña fijación patológica? ¿Porque defiendo la dictadura y un régimen sin libertades? Ni mi trayectoria ni mi biografía personal autorizan semejante hipótesis. Es más: en tiempos de penumbra fui el primero –y, durante bastante tiempo, el único– que dio cancha mediática a éstas y otras gentes. Con algún coste personal, como procesamientos por el TOP, cócteles molotov contra mi coche y el periódico que dirigía y acusaciones de ser un “rojo” peligroso, “parece mentira siendo hijo de quién es y perteneciendo a la familia que pertenece…”».

Valga este largo extracto para poner de manifiesto los costes que para Alemany tuvo no plegarse al catalanismo obligatorio y no acobardarse frente a nada ni frente a nadie. Costes que seguiría pagando con la cacería judicial y el linchamiento mediático a los que fue sometido injustamente y que, algunos, incluso el día después de su fallecimiento, le han seguido cobrando a modo de repugnantes obituarios. Esperemos que, ahora por fin, le dejen descansar en paz.

Joan Font Rosselló

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