Amarga victoria

Empiezo con un lugar común: las victorias tienen muchos padres pero las derrotas son huérfanas. Pero ¿qué ocurre cuando las victorias no pueden rentabilizarse como tales y sin embargo las derrotas sí?

Tres días después de las Elecciones Generales, los análisis se suceden. Asépticos, diría que ninguno. Supongo que tampoco lo será el mío.

Hace poco más de dos semanas, prácticamente nada permitía imaginar un desenlace como el que nos deparó la noche del 23J. Dentro de la lógica electoral, el vuelco incontestable que se había producido el 28M presagiaba que esa misma situación se repetiría dos meses después.

El hartazgo por la deriva extremista de un gobierno que ha hecho de la mentira su seña de identidad. Su abuso del decreto ley para obviar el control de las Cámaras. El goteo de agresores sexuales que vieron reducida su pena o salieron a la calle tras la aprobación de la llamada “Ley del sólo sí es sí”. El hecho de que no se quisiera rectificar y que cuando se hizo, ya no hubiera vuelta atrás para quienes se podían beneficiar de esta ley. La eliminación del delito de sedición y la modificación del de malversación para beneficiar a los golpistas catalanes. La alarma creada por la Ley Trans. La inexplicable sumisión al reino de Marruecos. La irrelevancia de España en el tablero internacional. Su sectarismo. Las humillantes cesiones ante los “bilduetarras”. La prostitución del Tribunal Constitucional. Los ataques constantes al poder legislativo y como telón de fondo, la realidad de una situación económica para las familias, difícil de maquillar. Estas y otras razones llevaron a la movilización, no sólo de la derecha sino también de un gran número de electores que tradicionalmente se mueven entre el centro izquierda y la abstención.

Todas y cada una de los motivos aludidos seguían siendo válidos cuando nos acercamos a las urnas el domingo pasado ¿qué había cambiado?

A la derrota del PSOE y de Unidas Podemos el 28M, le siguió por parte de un Pedro Sánchez que se había implicado personalmente en la campaña, el anuncio de unas elecciones anticipadas en pleno verano.

A partir de ese momento, de la agenda informativa fueron desapareciendo los desmanes de un Gobierno que, al fin y al cabo, pasaba a estar en funciones, por lo que de manera injustificada, dejaba de ser noticia .

A cambio, las portadas de los medios nacionales y locales pasaron a centrarse en lo que estimaban que tenía más morbo: la constitución y los -a veces- complicados pactos en ayuntamientos y comunidades autónomas y paralelamente, la larga campaña electoral.

Y aunque me duela decirlo, la memoria del español medio, salvo en lo que se refiere a su bolsillo, es más bien corta. La urgencia de acabar con el sanchismo, pareció haber desaparecido el 23J.

Por otro lado, a diferencia de un PSOE absolutamente desprejuiciado, que ha asumido hace tiempo que los tiempos de las mayorías absolutas han finalizado, no ocurre lo mismo con el PP.

Comunistas, separatistas, filoetarras, la derecha más rancia (la del PNV) o los oportunistas de política de campanario, figuran ya en el haber del PSOE si de lo que se trata es de formar gobierno.

Pero por si acaso, por si le faltaban votos, Sánchez no ha tenido el menor problema en impulsar a un partido -Sumar- que le cubriese un flanco que va desde el nacionalismo a la “podemía” convenientemente amaestrada. Eso sí, poniendo al frente a una candidata -Yolanda Díaz-, perfectamente inocua.

¿Y que ocurría en la derecha? Como decía, desde el PP parece no haberse asumido que ya no son posibles las mayorías absolutas y que los tiempos de la “casa común del centroderecha” fueron desapareciendo al mismo tiempo que la izquierda (que es quien decide dónde está el centro) lo iba desplazando cada vez más a la izquierda. De ahí que apareciese VOX.

Pablo Casado no supo cómo relacionarse con ese partido. Núñez Feijoo parecía tenerlo más claro. Sin embargo no ha acabado de entender que la búsqueda del voto del centro y del centro izquierda, no implicaba necesariamente demonizar a VOX y menos hacerlo, sabiendo que le iba ser necesario.

De modo que se hizo una campaña para autonómicas y locales en las que cada candidato rezaba por que la suma de PP y VOX fuese suficiente para conseguir el Gobierno. Porque todos eran conscientes de no obtendrían una mayoría suficiente.

Pero en cuanto llegó el 29 de mayo, con la excepción del líder del PP en la Comunidad Valenciana, Carlos Mazón, el PP se empeñó en instalarse en el marco mental de la izquierda y pretendió lo imposible: los votos de VOX pero sin VOX.

Ahí supongo que no ayudaron unas encuestas propias que auguraban unas mayorías imposibles al rebufo de los resultados del 28M y quizás se pecó de exceso de confianza y puede que de un punto de soberbia.

La llamada al voto útil ya se ha demostrado que fue un error y que ha jugado en contra de esa suma que tanto desde el PP como desde VOX, se pretendía.

Por último, la izquierda (la política, la social, la mediática, la subvencionada) lanzó la alerta antifascista. A pesar de que los gobiernos de pacto PP-VOX aún no habían empezado a caminar ni habían tenido tiempo de tomar medidas “fascistas”, el relato triunfó y movilizó a una izquierda que en mayo se quedó en su casa.

Y de tal modo triunfó dicho relato, que hasta el PP se lo creyó. Y de ahí la retahíla de mensajes ambiguos que han acabado por confundir a un electorado que suele tener más sentido común que aquellos a quienes vota.

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