Había una vez un reino que había subsistido durante muchos, muchos años. En él vivía un pueblo de hombres y mujeres que, en el trascurso de su existencia, habían llenado sus vidas de sentimientos loables, ímpetus valerosos, hazañas insuperables. De todo ello y de más hubo un tiempo en que se sintieron orgullosos por haberlos vivido y compartido con sus antepasados. A aquel pueblo, desde hacia años, muchos años, lo regia un rey. En ocasiones, tal rey había sabido ganarse el aprecio y estima de sus súbditos y en otras había tenido que soportar el descontento del pueblo por su conducta. Como eran muchos los años trascurridos, también eran muchos los reyes habidos. Y ahora, ostentado el gobierno gracias a las armas, un joven monarca tiene ceñida una simbólica corona gracias al esfuerzo de su padre y de algunos hombres buenos que, sin temor, se empeñaron en retornar a la senda antigua, superando, desde la ley a la ley, el período de las armas.
El actual monarca, con cierto sufrimiento personal, ha ido superando escollos y saltando por encima de simas que, como siempre sucede, los adversarios de las coronas suelen colocar a los pies de los reyes. Mientras tanto aquel pueblo orgulloso de su antigüedad y de su devenir histórico, ha ido cambiando, convirtiéndose en un cúmulo de masa enseñoreada por el bienestar alcanzable y por una carencia del coraje que desplegaron sus ancestros. Ahora el pueblo no tiene muy claro ni qué es el bien, ni qué es el mal. Ya no actúa como piensa, sino que piensa según actúa. Ha caído en la molicie de los campos sin valores, para sentirse cómodo y bien llevado por todos aquellos que, sin escrúpulos, piensan, mandan, regulan y discursean en su lugar. Ha colocado, en fin, el espíritu de su alma patria dentro de una esfera llamada balón.
Todo ello ha propiciado que unos grupos minúsculos se hayan apropiado del protagonismo político y pretendan establecer dónde está la bondad, donde está la maldad, donde está el bienestar. Es decir, que son panteístas de un único dios, el Estado, su Estado, siendo el hombre un siervo de ese dios adorado por unos auto instituidos sacerdotes. En medio de tal marasmo cívico y de la vorágine de esos ungidos, el monarca tiene derecho a designar a un ciudadano para intentar formar gobierno, en solitario o en compañía.
El joven monarca, pues, debe designar aspirante a gobernante. Y el único que se le ofrece, anuncia, sin rubor, que ha elegido por compañeros de aventura a representantes de todas las minorías que, también sin sonrojo, están clamando contra las reglas del juego. Aunque grotesco, el dicho monarca, leyendo en los periódicos y en los informes que sus “cortesanos “ le entregan, se reafirma en que el electo quiere gobernar con gentes que se proclaman republicanos, independistas, totalitarios, soviéticos, antimonárquicos, anunciando como requisito, para encumbrar al político elegido, que se les facilite el camino hacia la ruptura republicana.
El monarca, ante el retrato de su padre ― el que osó y logró enterrar los tiempos de las armas ― eleva sus pensamientos hacia su futuro y siente que, ya no solamente es su persona real la que está en manos de la fatuidad sino toda la tradición y dinastía históricas que descansan sobre sus espaldas. Y medita si citando a los prohombres de la ciudadanía política, les transmita sus dudas sobre la viabilidad de la elección, para pulsar las conciencias y el coraje ciudadano, estamparles ante su mirada el escenario que se intuye y, como resultado, anunciarles que la elección debe ser otra, más ajustada a la realidad vigente, más defensora del sistema y de su trayectoria y, por encima de todo, respetuosa con el osado cambio auspiciado por su padre y algunos hombres buenos. Así, la meditación del monarca le induce hacia un ofrecimiento a “otro hombre bueno” que asuma el trance, busque y encuentre compañeros de viaje, pergeñe una senda libre de peligros y venza, convenciendo, los albures que acechan ante la anterior elección.
El cuento tendría un final diferente más responsable y, por encima de todo, más unitario. Obviamente, para que ello suceda, para que el cuento real, pase a la realidad efectiva no solamente es preciso que el rey dé el paso, sino que “algunos hombres buenos” asuman el papel con intrepidez, al tiempo que con el sentido común suficiente para lograr que los súbditos, el pueblo, en la actualidad libre, se aperciba de los peligros que se ciernen desde una elección que tiende a destruir en lugar de construir, a desunir en lugar de unir, a reñir en lugar de pacificar, a descuajeringar en lugar de soldar, a saltarse la ley a pura conveniencia personal. Y, por encima de todo, a apropiarse del Estado, Jueces, Abogados del Estado, Fiscales, Inspectores de Hacienda, para su único provecho y objetivo; ser presidente de un gobierno esclavo de independentistas, separatistas, comunistas, nacionalistas radicales, etarras y renegados antiespañoles. Un gobierno – coctel Molotov, sin ningún hombre bueno.
En fin, Feliz Navidad y bendito Año Nuevo, España.