Ahogados

Hay acuerdo entre las personas sensatas sobre la importancia de la dosis. El sentido común nos dicta que no siempre se cumple la regla de “cuanto más, mejor”. Y al contrario, el precepto minimalista de “menos es más” no funciona como regla universal. En el campo de la medicina encontramos las pruebas más evidentes. La cantidad importa, porque una sobredosis de tranquilizantes nos puede dejar tranquilos para siempre en un ataúd, pero interrumpir a destiempo un tratamiento con antibióticos lo convierte en inútil.

Hay más ejemplos. La educación en el ámbito familiar es otro caso bien conocido por los padres cabales. La famosa mano izquierda con los hijos no es otra cosa que medir las cantidades de zanahoria que se administran, interrumpidas por algún palo. Los castigos desproporcionados o un exceso de autoridad pueden conseguir el efecto contrario al que se pretende, o sea, un joven en rebeldía permanente. Pero la cesión permanente a cualquier capricho, tan en boga hoy para evitar supuestos traumas infantiles, genera una legión de pequeños monstruos incapaces de aceptar un no por respuesta.

Y qué decir de la política. Todos admitimos un grado de teatralidad en su puesta en escena, pero cuando la falsedad traspasa ciertos límites el decorado se resquebraja. Un ejemplo de actualidad es el de Pedro Sánchez, que ha abusado tanto del efectismo en su comunicación que ya no le creemos ni cuando da la hora. Es cierto que la memoria del votante es corta, pero si te diriges a los ciudadanos como si fueran idiotas muchas veces en poco tiempo, el receptor del mensaje tiende a recordar el insulto a su inteligencia.

Existen múltiples ejemplos sobre las consecuencias nocivas de las raciones desproporcionadas. Solo el fundamentalismo, en sus más variadas expresiones, es capaz de permanecer ciego ante esos efectos. Vete tú a decirle a un talibán que cada día hay más fieles que se están arrodillando ante Alá por miedo, pero que en su fuero interno desprecian ese Corán impuesto a culatazos de kalashnikov. En Baleares, tierra de seny y moderación, lo más parecido que tenemos a una religión en el debate público es la inmersión lingüística obligatoria en catalán.

Por eso, a la vista de los resultados cosechados en las últimas dos décadas, solo desde el fanatismo se entiende la defensa a ultranza de un sistema que hace aguas a la hora de promover el uso social de la lengua propia desde la convicción, y no exclusivamente desde la coacción. Era cuestión de tiempo que las cabezas menos obtusas del socialismo se dieran cuenta de que el camino emprendido hace años precisa serias correcciones. Primero ocurrió en Cataluña, y ahora en Baleares. Claro que el catalán de las islas debe ser obligatorio en la enseñanza, el problema es cuánto. Otra vez la dosis.

El PSIB propone ahora que el castellano tenga más presencia en las aulas. Juega al despiste argumentando un temor a posibles sentencias adversas contra su Llei d´Educació como las que se han dictado en Cataluña por no respetar un 25% de los contenidos educativos en la lengua común del Estado. La cuestión no es esa, porque la Generalitat está empleando esas sentencias cuando va al baño. No se trata ya de respetar los derechos lingüísticos de los contribuyentes cuya lengua materna es el español, que alguno tendrán en España, digo yo. El problema son los números y la realidad sociológica -no la política- a la que conduce esa inmersión lingüística “café para todos” en la enseñanza pública.

Una parte del socialismo balear no se atreve a decir en público lo que dice en privado. Es comprensible, porque ha callado durante años ante una infamia recurrente del nacionalismo: cuestionar la inmersión lingüística significa odiar el catalán. De aquellos polvos llegan los lodos actuales, con la presidenta Armengol retratada como nazi por no coaccionar lo suficiente a los médicos -recuerden, los de los aplausos en los balcones cada día a las 8- para que hablen en la lengua que toca. “Menos salvar vidas y más hablar catalán”, le han escrito con la aquiescencia de sus socios de gobierno más radicales. No cabe mayor vileza, pero se agradece la sinceridad del planteamiento por si alguien no tenía claro el orden de prioridades de nuestros barbudos locales.

Yo sé que no debería haber escrito esta columna porque no soy pedagogo ni filólogo catalán, pero el sentido común lleva años diciéndome que una inmersión no controlada suele acabar en ahogamiento.

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