Abril en octubre

A veces llueve dentro de nuestro propio corazón, pero tal vez porque se trata de una lluvia interior, que cae en un espacio poroso, pero cerrado, no suele ser percibida normalmente por los demás. En ocasiones ni siquiera quienes están más próximos a nosotros llegan a darse cuenta de nuestra soledad, de nuestra tristeza o de nuestro dolor.

Quizás ese sea el principal motivo por el que tan a menudo buscamos refugio en la poesía o en la música, especialmente en todos aquellos autores que en un poema o en una canción nos confiesan que en su frágil y permeable corazón llovió alguna vez en el pasado o que quizás está lloviendo también de nuevo allí ahora. Así ocurre con el gran cantautor Luis Pastor y con su bellísima canción Aguas Abril, de la que desde hace ya algún tiempo existe una nueva versión, a dúo con Bebe, igualmente muy hermosa.

«No sé de qué compás te deslizaste/ ni en qué estación de metro te perdí./ No vi llegar al lobo y me avisaste./ Las tiendas se han cerrado para mí», nos dice en su primera estrofa esa preciosa canción. Al escucharla, sentimos que en la lluvia hay siempre, pese a todo, belleza, una belleza diferente, melancólica y extraña, como la de las calles mojadas en las noches de una gran ciudad, o la de las terrazas desiertas junto al mar en donde hay quizás hoy un paraguas olvidado movido por el viento, o la de las playas vacías o los paisajes brumosos y empapados que anuncian que se acerca ya un nuevo otoño.

«Aguas abril, flores en mayo./ Beso una estatua de sal./ Se fue mi tren, también el barco./ Solo en mi puerto de mar». Sin querer, de una manera natural, muchos de nosotros podemos llegar a pasarnos la mayor parte de nuestras vidas intentando ocultar nuestros verdaderos sentimientos, o nuestro posible estado de ánimo más frecuente, normalmente por pudor, para no incomodar o para intentar evitar que los demás puedan quizás decidir alejarse más o menos definitivamente de nosotros.

Sin querer, muchos de nosotros podemos llegar a pasarnos la mayor parte de nuestras vidas fingiendo ante los demás que nos encontramos más o menos bien, que no tenemos grandes problemas o que incluso somos razonablemente dichosos y felices. Ese posible fingimiento externo, cuando se da, suele ser el responsable último de que muchas veces nos sintamos, de forma casi irremediable, doblemente perdidos y solos.

«Aguas abril, flores en mayo./ Camino solo por Madrid./ Se acerca junio y cumplo años./ Soy un extraño para ti». A veces, aunque afuera pueda estar luciendo hermosamente el sol con toda su fuerza y claridad, empieza a llover de improviso muy silenciosa y calladamente dentro de nuestro propio corazón. A veces, algún mes de abril y algún mes de octubre pueden llegar a formar parte indistinta y misteriosamente de la misma melancólica y lluviosa estación.

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